Ultimamente pienso mucho (como estoy ociosa, pues claro... pero solo laboralmente ¿eh?, que soy un hacha empaquetando una casa) en cuántas relaciones iniciaríamos si nos conociéramos primero en el desamor. No en el desamor con terceros. No en el desamor con quien estuvo antes de ti o de mí, aunque eso también aporta una información que no tiene desperdicio. Como las lesbianas somos las únicas dentro de la especie humana que nos podemos tirar horas y horas hablando con la pareja actual de la pareja anterior (somos como el eslabón perdido en ese sentido. Sobra información, casi siempre) pues hay que aprovechar, y no perder detalle de lo que nos cuentan de relaciones anteriores porque, por desgracia, a estas alturas de la película, cambiar lo que se dice cambiar, no cambiamos. No me gusta que me hablen mal del pasado o de las pasadas, con mucho rencor o con odio o con desprecio o con falta de respeto, pero ni amigos ni posibles conquistas. Me saltan un poco las alarmas porque tendemos a repetir pautas de comportamiento. Si tú, un día, hablas con desdén, incluso con asco de alguien que fue en algún momento importante en tu vida seguramente lo hagas también de mí (entonces no superaremos el desamor y no podremos enamorarnos. Fin de la historia). Hablo del desamor entre el proyecto par que seríamos tú y yo, después, en el caso de superar esa etapa. Luego ya, si eso, si tenemos un desamor bonito y conseguimos superarlo y tal, pues ya nos enamoramos conscientemente. Lo pienso, y con sinceridad pocas, muy pocas relaciones hubiera comenzado en mi caso. Tan pocas como, ¿una? o tal vez ¿dos? Bueno, también puedes vivir, para empezar, un desamor esquizoide. Partir peras de nuevo porque ni de coña te vas a enamorar. No verte una temporadita (tanta como un año. El duelo, ya se sabe) que el tiempo todo lo cura, y recuperar la amistad. Si nos saltamos lo de esquizoide, por la recuperación de la amistad posterior-anterior (aquí me hago un lío) aumentaría el número de relaciones que volvería a empezar, pero no serían todas las que he tenido ni de lejos. Pero sería muy clarificador este mundo al revés, con respecto a quién y cómo es realmente, la persona con quien queremos estar, de la que nos hemos desenamorado para luego enamorarnos o no. No me vale que me digan que el dolor nos puede cegar que: la pérdida, la tristeza, la frustración, las expectativas o los sueños rotos, en definitiva lo que no será, nos puede llevar a decir o hacer algo que jamás hubiéramos pensado que diríamos o haríamos. No. No me vale. Y no nos valdría a ninguna en ese mundo del corazón del revés.
Y nada que tengo ganas de empezar de nuevo, eso que a estas alturas debo ser la única que confíe en mí.
¡Ahm!, y que cuando vuelva a Madrid de allí no me menea ni un desamor desenfrenado. ¡Digo!
La anterior vez que compré pastillas para el lavavajillas pensé que esas iban a ser las últimas que compraría para hacerlas servir allí. Que antes de que se acabaran iba a estar de vuelta. Es ese tipo de pensamiento que una tiene con frecuencia, al que dota de una profundidad abisal relacionándolo con algo tan serio como esto. Que tu vida depende de unas pastillas, vamos . El caso es que eso pensaba, cada vez que abría el armario de debajo de la pila de la cocina, metía la mano en la caja y sacaba una, para a continuación ponerla en el cajetín del lavavajillas donde terminaría su corta, pero útil vida. Dos días antes pensándolo mucho (porque tenía la intuición de que esto no iba a ser como lo de los Mayas, las pastillas de lavavajillas nunca fallan) compré en Esperanza una nueva caja, cuando llegué a casa al sustituir la caja antigua por la nueva observé que el último vistazo rápido me había engañado y que aún quedaban tres. ¡Tres! ¡Trees! ¡Treees! Pensé que me había precipitado en la compra, con qué facilidad me había olvidado del presentimiento profético. ¡Cómo podía haber sido! Tenía que haber esperado. Haber esperado. Dos días después se cumplió la profecía. Once días después de esos dos últimos, juro que nunca nunca volveré a perder la fe en las pastillas del lavavajillas y las cosas que me cuentan aunque todavía quedan dos.
Por lo demás, he borrado todas las alarmas del móvil. Especialmente gratificante ver desaparecer en el limbo de las cosas que se borran la denominada "Martirio mañanero" de los sábados y el "Supermartiiirio mañanero" de los domingos. Muy a mi pesar continúo no durmiendo bien, despertándome antes de lo que quisiera por alguna pesadilla e intranquila. Sueño mucho. Recurrente en este último tiempo el no haber terminado la carrera. (Algo querrá decir, ya se lo preguntaré a las pastillas) Después de cuatro años he podido disfrutar de un Día de Reyes sin trabajar, roscón incluido. Me he vuelto (por las circunstancias) fumadora de exteriores o al aire libre. ¡Supersana! Ma-to por fumarme un cigarro en el interior de cualquier sitio, a poder ser repanchingada en cualquier sillón, sofá, mecedora o sentada menos comodamente en una butaca, silla, taburete, o tirada en el suelo, o haciendo el pino puente, o a la pata coja sin pasar frío ¡Dónde sea!
Y menos que más eso es todo.
Flota 9 en 1.
- Hombre, si está aquí la alegría de la huerta - solía decir cuando me divisaba en la rebotica, con una sonrisa que no le cabía en la cara y toda la sorna del mundo. Y a mí eso me gustaba. Me hacía sonreír siempre porque no le faltaba razón y con ninguna otra frase se hubiera podido expresar mejor mi estado de ánimo, a veces. Vamos, que ahí le daba.
Se ha ido tanta gente con la que por el trabajo he tratado a diario. Gente que pasó de ser cliente a ser amigo. Haberlos conocido es lo único que me ha gustado del trabajo, por desgracia el llegar a conocer a muchos de ellos ha sido debido a que su salud no era buena. Hoy me acuerdo de cada uno de ellos, pero sobre todo no se me va de la cabeza la figura de Manolo, su pelo cano, su piel curtida, su risa, el brillo en sus ojos cuando hablaba del campo, las conversaciones durante horas los domingos, ese día en que ésta es una ciudad fantasma. Él pasaba a verme después de comprar el periódico a primera hora de la mañana y me contaba por enésima vez las historias de la época en que vivió en Madrid, que yo ya me sabía de memoria. Hablábamos de casas de comida y de bocatas de calamares, entre otras cosas. También de guarrinos, caballos, tractores, charcas, árboles, pájaros y de la tierra las mañanas en que él después se iba al campo.
Diez minutos antes de que pasaran a decírmelo, alguien había decidido por mí lo que viene siendo mi vida o lo que será, y aunque esperado descoloca. En realidad, el día ya estaba siendo una mierda tremenda antes de eso y de lo otro. Por el cansancio, pero sobre todo porque una piensa a diario que no está dónde debe ni quiere, que no es esa la forma en que pasar los días. Una se pregunta en qué punto de la vida se perdieron las ilusiones, en qué momento se dejo de soñar, cuándo una se acomodó, se volvió una conformista y olvidó todo lo que le gustaba, cuándo se sucumbe a la rutina y se deja de creer en todas las posibilidades que somos. Hace relativamente poco alguien me preguntaba, qué me gustaría hacer, qué te gusta (era más bien un permítete soñar, venga) en realidad no lo sabía, en realidad hay tantas cosas que he olvidado. No supe qué contestar, y enmudecieron al otro lado. Eso me dejó pensando.
Ahora pienso en todo lo que tengo que hacer. Al pensarlo me agobio, pero también pienso que quiero hacer otras cosas, recuperar esa parte de mí que también era yo y que el copyright de la frase que me hacía sonreír y pensar, pensar mucho, va a ser de él.
(Confieso que tengo una relación
rara con el alcohol, cuando no estoy bien.)
He conseguido levantarme de la
cama, no hubiera salido de allí en todo el día. He dormido y no he dormido. Muchos
minutos pensando que ojala me durmiera, y parara todo, que no fuera consciente
de las cosas que me duelen. Ni de ti. Ni de la necesidad de que me quieran y no dejarme
querer. Ni de la soledad. Esa soledad tumbada encima de mí, aplastándome.
Estaba allí tumbada, debajo de la soledad, en la soledad absoluta. Los
pensamientos, con los tapones de goma espuma puestos, estaban siendo demasiado
ruidosos. Un ruido amplificado que no
soporto. La goma espuma ni espuma ni amortigua nada.
He pasado veinticuatro horas fuera de casa, de
bar en bar. Así ha sido. He echado de menos que alguien me dijera vamos a casa,
yo te cuido o vete a casa s. porque esto te sobrará mañana. Realmente no me dejo cuidar, no me dejo nada.
He llorado en horizontal,
buscando la postura imposible que me llevara a la amnesia, porque quiero ser muchas cosas que no soy. Alguien
con dignidad por ejemplo o con una dignidad como la tuya. Alguien distinto, capaz de coger la vida, la mía, y hacer por fin algo con ella. Alguien que no huye.
Al padre de R, le han detectado
un tumor. Me llega un mensaje de ella a una hora en que yo debería estar ya en casa, pero aún estoy bebiéndome la no vida. Luego me da vergüenza
llamarla porque soy consciente de golpe del estado en qué me encuentro, pero no puedo evitar descolgar el teléfono
cuando llego a casa, y es mi madre, que me envía a dormir preocupada. Ahora me da vergüenza también hablar con ella.
Igual que me pasa contigo.
He tenido la sensación de no
tener garganta, de que está el cuello vacío por dentro. He tenido que carraspear, varias veces, para comprobar que no ha venido nadie y ha cortado desde la base del cráneo
hasta por encima de los hombros y ha dejado la nada, ahí en medio, una cabeza arriba que no para, y La matanza de Texas sobre el colchón, todo tan desgarrador. Me he llevado las manos al cuello para confirmarlo. He pronunciado dos o tres palabras absurdas, inconexas, para oír mi voz.
La tengo pero no parece la mía, es como si hablara otra.
Tengo miedo. Mucho. Y esa sensación de desprotección, de desamparo. Ansiedad también. Vacío.
Pienso que no pasa nada por pasar
de nuevo Noche Buena y Navidad, aquí sola, de verdad que lo pienso, pero en el
fondo (muy en el fondo). No pasará nada como el año pasado, pero mientras me entristece pensarme aquí sola. Pasará, lo sé. Tampoco me puedo quejar porque en mis manos ha estado que esto vuelva a
ser así.
Pienso en mi padre, la
conversación del sábado por la noche con R. me hizo acordarme mucho de él.
Pienso en cómo se hubiera plantado aquí y me hubiera llevado. Me hubiera dicho
que lo primero es estar bien. Me hubiera dicho deja esa
vida y vuelve. Me hubiera dicho mándalo todo
a la mierda y vente, yo te cuido. Se valiente, todo va a ir bien. Me
hubiera dicho todo eso sin decir nada. Se hubiera plantado aquí con una empresa
de mudanzas. Hubiera hecho las cosas sencillas, y resuelto, sobre todo
resuelto, algo que yo no sé hacer. Más bien todo lo contrario, el talento
innato de complicar incluso lo más sencillo. Pienso en la última vez que le
abracé, y la última vez que he sido abrazada. Tengo ganas de llorar de nuevo.
Al principio es como una puñalada o cómo una imagina que
debe ser ese dolor sordo, profundo, desgarrador, de un filo metálico hendiéndose en la carne, de golpe, hasta la empuñadura. Parecido a un abandono o a la locura o a un darse cuenta o solo celos.
Después, no tardando mucho, apenas 24 horas, una se
acostumbra a ese filo que queda dentro, a que se hienda más o menos según te muevas, según se muevan. A sabiendas de que es solo tu inmovilidad la que desangra. Incluso a andar por él sin saber en realidad lo que te juegas, o si siquiera hay algo aún que jugarse. O relativiza o empieza a razonar o vuelve en sí o analiza. Y
entonces concluye que existe: la supervivencia (que es ahora
más que nunca lícita) las oportunidades, otras personas, otros corazones, otras vidas posibles, la felicidad en cada una de ellas. Que la vida sigue y aquí nadie es imprescindible. Y lo comprendes. Comprendes eso, y que nunca, nunca, nos conocemos del todo y que siempre, siempre, callamos cosas. Las más importantes.
Llevo prácticamente desde que volví al Oeste sumergida en
una rutina anodina de ma-me-mí conmigo. Del trabajo a casa. De casa al trabajo.
Poco contacto con el exterior. El (in)necesario por el trabajo. Aunque voy a tener
que agradecer, al final, tener este curro de mierda, que me obliga a relacionarme
con el resto de la humanidad, porque yo, muchas veces, la mayoría de las veces,
preferiría estar dentro de una quesera de cristal gigante, seleccionando con
quién sí o quién no interactúo. Qué si me aburro y me desespero. Pues claro, pero estoy en bucle. Qué si no me
soporto a veces (muchas veces, la mayor parte del tiempo) pues también. Qué si es una pérdida de tiempo. Pues sí, pero ya llevo tanto perdido. Qué si lo siento. Qué si lloro porque sé que cada milésima de segundo que pasa me aleja. Qué si me duele. Qué si pienso. Qué si imagino otra vida que no es la mía. Qué si echo de menos. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Qué si
esto me lleva a algún sitio, a cualquier sitio. Pues por supuesto que no. No me
lleva a ningún sitio físico distinto, pero me voy reencontrando (o no) a pesar de la
ansiedad disparada como la flecha de Robin Hood, pero sin encontrar manzana que
la frene.
Hay días (muchos, más noches) en que me da miedo estar sola. No sola de
sin gente a quien recurrir. No sola de que no me quieran. Me da miedo estar
sola, de sola. Una. Sin nadie. Entre los
muros, anchos, de esta mi casa. Me da miedo cuando siento ese desasosiego que
creo no poder controlar. Me dan miedo
las locuras del pensamiento en ráfagas. Entonces, cierro las manos, aprieto los
puños y deseo (como si me fuera la vida en ello) por primera vez en mi vida, unas uñas largas para clavarlas en las
palmas de mis manos, con fuerza, de golpe, hasta la yema, como el filo de una
navaja, que me desentuma, y me haga sentir
que estoy viva o algo distinto a lo que siento a diario o whatever.
Hoy es mi cumpleaños. Nunca me ha gustado el día de mi cumpleaños, del mismo modo en que me gusta mucho el día del cumpleaños de otros, de todos, incluso de los que no conozco. Es un día en que parece ser que tenga que pasar algo excepcional, quiero decir algo excepcional que no sea una celebración de la vida, de la propia vida y un recordatorio de que hay otros tantos a quien quieres que también siguen en ella, de un modo u otro, en la tuya y en la suya, por supuesto, que ya es mucho. No creo que nada pueda superar eso.
Un 17 de septiembre de 1973 llegué a la bola del mundo, eso son 39 años.
Pues bien, me encuentro con esos 39 años y la necesidad de empezar de nuevo. No recuerdo con quien mantuve una conversación ultimamente, en que hablábamos de que a veces el tiempo parece detenerse y es como si nos hubiéramos quedado en los veintipocos.
Está:
- Esa cosa de percibirse como entonces, incluso físicamente o fundamentalmente físicamente. Si viniera San Dios y nos pusiera una imagen nuestra de entonces al lado, lo fliparíamos. Los que estén en los veintipocos no comprenderán esto. Daos tiempo y disfrutad de vuestro ahora. Luego lo añorareis.
Que los años pasan es de las pocas certezas en esta vida. Esa y el amor incondicional de una madre.
- Y esa otra de pensar que la vida era ligera, tal vez es eso a lo que se aferra una.Yo fui una de aquellas privilegiadas que no tuvo que irse de casa, ni buscarse un empleo para poder costearse los estudios universitarios y su manutención. Me mantuvieron, me dieron un hogar, dinero para mis caprichos y mis juergas, y cariño por un tubo hasta que termine la carrera e incluso un Master del Universo. Hubieran seguido haciendo lo mismo, si no me hubiera enamorado (a los veintipocos) liado la manta a la cabeza e ido a vivir son S. a Barcelona. (Hoy S. a la que hace al menos 6 años que no veo, también me felicitó. Nos veremos pronto, S. Palabra. En esa nueva vida en la que seguirá habiendo espacio para ti). Que he sido una privilegiada es algo de lo que he sido consciente después. Ha sido la vida de los otros, de los que me he ido encontrando por el camino y no tenían nada que ver con mi entorno de siempre, la que me ha hecho verlo. Agradezco a todos ellos el habérselo podido agradecer a mi padre antes de que faltara. A mi madre lo sigo haciendo.
Hay gestos, que me emocionan. Y de madrugada lloré por uno de ellos. Hay gestos que hacen grandes, aún más grandes a las personas. Gracias. Muchas gracias. Incluso gracias por hacerme pequeñita. Más pequeñita.
Veo esta parte de un documental sobre Alice Herz-Sommer que con 38 años (los míos de ayer) fue deportada a un campo de concentración nazi , a Theresienstand. Ella sí que me hace minúscula.
Y así, menguada, voy a empezar a pensar que "la vida es hermosa, cada día..."
"Solo cuando somos tan viejos, solamente entonces, nos hacemos conscientes de la belleza de la vida".
¡Quiero ser viejuna ahora!
¡Feliz día para todos!
A las 16:30 vuelvo al trabajo. Odio estos sábados de mierda en que soy más consciente que nunca de la pérdida de tiempo. De la inmovilidad. De mi inmovilidad. Del abuso del que puede, y al que se lo permito, que me paga igual un sábado un domingo o cualquier festivo. Mi tiempo no tiene precio, entérate (lo pierdo porque es mío y porque ahora no sé hacer otra cosa) pero al menos cumple con este convenio miserable, que los sindicatos, vendidos, vendiéndonos, han despojado incluso de la antigüedad. No soporto mi gremio. A esa panda de explotadores que han nacido con una estrella en el culo, y han heredado de sus padres el negocio del siglo, que a su vez lo heredaron de los suyos, y será heredado por los bisnietos. (¡Liberalización, ya!). Que se ponen sus batas blancas, resplandecientes, inmaculadas, que nunca ensucian. No soporto la pleitesía que os rinden. ¿Qué habéis hecho vosotros? A todos vosotros quisiera veros no pasando solamente a hacer caja. No solamente frotándoos las manos, y tratando de hacer que venda aquello que os da más beneficios, aunque su precio sea superior a cualquier equivalente y estéis engañando a quién pide vuestro consejo y os besa el culo. No soporto a todos aquellos que anteponen a su nombre Don,.y te hacen dirigirte a ellos de esa manera. Cuando lo que te viene a la cabeza es soltar un Don Mierda, por ejemplo.
Ahora empezáis a llorar porque resulta que la crisis también os afecta. ¡Jodeos! Es posible que ahora tengáis que empezar a trabajar, y es posible que haya sábados en que a vosotros tampoco os apetezca sonreír, aunque no sea precisamente solo por todo esto.
Vuelvo ahora de tomar unas cañas. Cinco personas sentadas entorno a una mesa, de un bar situado en la plaza de la Catedral, cada una con su historia. Particularmente curioso escuchar y compartir con M. y C. que están en dos puntos bien distintos de una historia de amor. El principio y el final. Alegrarte con Miguel y no dejar de envidiar su sonrisa de oreja a oreja. Escucharle hablar de las cosquillas en el estómago que siente cuando habla con Giuseppe, que vive allí a orillas del Adriático, en Bari, (que a mí también me hace pensar en conversaciones no tan lejanas en el tiempo) y ha tenido que buscar Badayork en los mapas. Como quien busca un tesoro. Cómo se le iluminan los ojos a M. cuando le nombra, y cómo cuenta que esto le ha cogido a traición cuando menos lo esperaba. "No me lo esperaba a mi edad. Llevaba sin sentir esto tantos años" Se siente como en la adolescencia, y palabra que ha rejuvenecido.
Se hace complicado cambiar el semblante, dejar de hablar con quien tienes sentado a tu derecha M., mirar de frente y encontrarte con los ojos de C. que se llenan de lágrimas por lo que a partir de hoy mismo no será. Dar palabras de aliento. Abrirle los ojos. Acompañarla en su tristeza. Consolar en vano porque todo al final es cuestión de tiempo.(Por cierto, no soporto la expresión: "No te merece"). Encontrarte hablando con C. de su ya no historia, y darte cuenta de que todas y cada una de las palabras que salen de tu boca referidas al interfecto son aplicables a ti, pero no te las aplicas porque ese es un ejercicio que podría llevarte a lo más profundo, a esa parte de dónde no quieres llegar, y tú hoy has salido a tratar de vencer la inanición, la soledad y la tendencia al aislamiento de estos últimos días.
Mientras Mo, dice que ya no cree nada. Que no se cree a nadie. Y alienta al del principio a pesar de su incredulidad, y a la del final precisamente por ella.
Y G. siempre G. tratando de poner el punto de humor, que de todo hay que reírse en la vida.
La necesidad de salir corriendo a
toda pastilla, dejando una estela de mierda sideral a mi paso. Esto último de un modo no voluntario, qué más
quisiera yo que así no fuera. Habérmela traído toda conmigo. Tal y como la llevé.
Mía es. Tuya
no.
Tanta tienes. Tanto vales.
Así, no. Así, no. Lo sabes.
Mientras, dentro todo bulle. Desgarro.
Inquietud. Miedo. Agobio. Ansiedad. Contradictorio querer estar y no estar.
Contradictoria el deseo de inmovilidad y a la vez el de salir corriendo.
Paralizante.
Así, no. Así, no. Y lo sabes.
Tetania cardiaca.
Ahora vas y lo haces. Y voy y lo
hago. Hago eso, exactamente eso, en
lugar de todas las cosas que podría haber hecho. No de un modo premeditado. No
sabiendo lo que sería después. No sabiendo
cómo una puede llevar algo a un punto tan absurdo o patético para con una misma
que no sea capaz de salir con la cabeza alta del esperpento generado. Ni siquiera con cabeza. No
sabiendo cómo llegó hasta ahí. No sabiendo cómo en un punto de no retorno a
todo.
Una vez sobrepasado el límite de
lo absurdo ¿cuántas veces más se puede sobrepasar? ¿cuántas veces más una alimaña? Una vez sobrepasado
cualquier límite. Una y cuántas más la empatía, y toda y cada una de las
certezas que nos devolvían los ojos que nos miraron. No todo da igual.
El tiempo vivido, no hace más que corroborar que de la propia conciencia es
de lo único que no nos libramos.
Larga vida a la penitencia.
Solo a fuerza de enfrentarnos a nuestras fobias conseguimos superarlas. Solo a fuerza de enfrentarnos a nuestros miedos. (1)
La casa de mi madre es como una caja fuerte en la que nadie puede entrar a robarnos lo que somos. Es el único sitio, del mundo mundial, en el que me siento a salvo de todo.
Mi madre, se crió en Usera, un barrio de Madrid. Es una de las personas. No. Es la persona más clara que conozco hablando. Es tan clara, tan poco decora nada de lo que dice, que a veces duele. Hay que conocerla para que no te deje muerta en la bañera. Mi madre se casó con 24 años. Hasta cuatro años después no se quedó embarazada. En aquel entonces todo el mundo le decía que no valía para tener hijos (desde luego que hijos no, muy a pesar de mi padre, pero hijas hasta cuatro) ¿A nadie se le pasaba por la cabeza que era mi padre quien podía tener un problema? Ella era joven y callaba. No se podía poner en entredicho la hombría de mi padre, aunque no había ningún problema en considerar (mayoritariamente eran mujeres, satisfecho dichosas al cumplir con su labor de hembras, pariendo, pariendo y pariendo, quienes lo hacían) que si casi la única función de la mujer era la de tener hijos, si mi madre no era capaz de tenerlos no valía para nada. Bien, pues mi madre tiene una teoría con la que nos reímos mucho, que le sirvió para explicarse en su día el hecho de que yo, su segunda hija, sea lesbiana. Mi padre tuvo que seguir un tratamiento, tomaba unas pastillas, que mi madre no ha sabido explicarme nunca bien para qué eran, supongo que ni ella lo sabía, probablemente fueran para aumentar la movilidad de los espermatozoides aunque no estoy segura de esto. Mi padre comenzó y concluyó el tratamiento la primera vez. El resultado fue mi hermana mayor. Comenzó y no concluyó el tratamiento la segunda vez. (Es debido a eso que pasó algo, según mi madre) El resultado fui yo. La tercera y cuarta vez no hizo falta tratamiento. La culpa fue por tanto de mi padre (Pepe, se llamaba) y ella esperó a echársela cuando él ya no estaba. Supongo que mi madre necesitó un tiempo para asumir. Tal vez en ese tiempo necesitó buscar responsables y explicaciones peregrinas. Es de lo más humano. Tantas veces pasa asumir, para asumirnos las buscamos.
Mi hermana pequeña T, me contó la última vez que estuve en Madrid, que había escuchado una conversación telefónica de mi madre (casualmente y sin que ella lo supiera) con una amiga de mi padre de la que se perdió un poco el rastro cuando mi padre murió. En la conversación (típica de madres) hacía un resumen de la vida de sus vástagos. El resumen de la mía, no sé si decir que es desolador:
- S. - contaba mi madre - está viviendo en el Oeste. Se fue detrás de un amor, pero los amores le duran poco. Porque antes también estuvo en el Noreste, detrás de otro amor, y...
Y bueno, que esa es a groso modo toda mi vida.
Me da pena en este momento si pienso en mi madre. Me da mucha pena: contarle, no contarle ( no sé qué más) que haya algo que no salga bien, que ella sufra, estar lejos. La gente que quiero, que realmente quiero, está toda lejos. Eso es así. Así ha sido los últimos años, pero una no se para a pensarlo porque si lo hiciera sería consciente de todas las vidas que se pierde a diario.
Volveré este mes a Madrid, como un previo a la vuelta definitiva.
Mi ordenador hace dos copias de seguridad diarias. Llenan todo el espacio libre del disco duro el mismo número de veces al día, eso son,dos. Cuando eso ocurre todo empieza a ir lento e inmediatamente aparece una pestaña en la parte inferior derecha de la pantalla: "Poco espacio en disco duro. Libere espacio." Y es fácil: C:/ ProgramData/ Backup/ BackupRepository /Editar /Seleccionar todo / Borrar. A veces le doy tantas vueltas a todo, que no sé si no hago más que hacerme copias de seguridad sobre las que vuelvo una y otra vez, pero nunca me libero espacio. Me pido una pestañita de esas. Una ruta sencilla para desaturarme cuando siento que no tengo espacio y de tan lenta no avanzo.
(1) Me he acostumbrado a las cucarachas: al sonido que hacen sus asquerosas patas al contacto con el yeso del falso techo del cuarto de baño, al del golpe contra el suelo cuando caen, a sus cuerpos agónicos patas arriba, a encontrarlas muertas en grupos de hasta seis (no sé por qué, es un fenómeno que aún no me explico ¿alguna sugerencia?) en un barreño rojo que hay en el patio. Pienso que no es todo lo anterior lo malo o lo peor, si no la certeza de que una acaba acostumbrándose a todo.
Una vez alguien me dijo: "Eres un pozo de insatisfacción permanente". Estaba tan equivocada entonces como pudiera no estarlo en este momento. Una también se acostumbra a fuerza de echarle muchas ganas a todo lo que ilusionaba, y a no conseguir salir nunca en la foto o si acaso sí, en segundo plano o como un ectoplasma, mismamente. Una se acostumbra decía, a falta feedback, a dejar de echarle nada a todo y a ser un poco pozo, sí.
Ese mismo alguien me dijo también, que la primera ocasión en que me veía disfrutar verdaderamente de algo, era la primera vez que me veía conducir. Creo que hubo alguien que estuvo mucho tiempo, que no llegó a conocerme (si fue así, eso no solo fue cosa suya) o sí, tal vez llegó a conocerme demasiado porque después de un tiempo le cogí miedo también a conducir y hasta el momento apenas lo hago.
Es posible que el miedo mayor de alguien sea a ser feliz. ¿Es posible? - me lo pregunto. Es posible que alguien se niegue la felicidad. Y si es así, cómo se enfrenta una a diario a algo ausente para superar el miedo. No va a venir la felicicad a hacer ruido con sus patas. No sabré cuál es el sonido que acompaña a la felicidad saliendo del techo. La felicidad no se golpeará contra el suelo mientras me cepillo los dientes. La felicidad no moverá sus extremedidades patas arriba agonizante. La felicidad simplemente no nadará en ningún barreño rojo.
El miedo verdadero, el verdadero miedo, es a la incapacidad de hacer feliz a alguien. Porque yo también he tenido pozos a mi lado. He dormido y he hecho el amor con ellos y conozco cómo el brillo de una sonrisa da paso a la boca más negra.