miércoles, 16 de septiembre de 2015

Elegí un mal día para lavar la funda del colchón

Estoy teniendo una semana un poco rara, anímicamente.
¡Zasca!, el otoño de golpe como una colleja que te despeina. Siempre me pilla desprevenida pese a que todos los años por estas fechas el tiempo pega este cambio de golpe, lo sé porque uno de estos días es mi cumpleaños y lo guardo en la memoria.  Echo de menos las estaciones, en concreto las dos que son el preámbulo de las más extremas. En Madrid hace mucho que no existe ni la primavera ni el otoño, pero seguimos viviendo como si no pasara nada, pero pasa. Pero seguimos corriendo por los andenes de otras estaciones, seguimos subiendo o bajando trotando las escaleras mecánicas, agolpándonos para coger los trenes, justo en esa zona en que el suelo está más desgastado para ser los primeros en no dejar salir. Después dejarse la misma vida por un asiento. Y ya. Hasta la siguiente gincana. Somos animales que corren despavoridos a sus jaulas. Los instintos atrofiados. Así es.

Observas desde fuera todo eso, y te dan ganas de dejar pasar todos esos trenes, pero no lo haces porque ¡joder!, eres un maldito ser responsable. La música que escuchas en el Ipod es la misma que escuchabas hace tres años, ahí se detuvo el tiempo. El mismo que no tienes para actualizarla. Se hace raro, porque no acompañan viajes que hacías con ilusión aquí mismo. Ahora, estás aquí mismo y ya.

Y. me envía fotos desde Éfeso. No sé hace cuánto tiempo no viajo. Tanta piedra, tanta piedra  y yo lo único que quiero es abrazarla y que me abrace. Con ella no hacen falta las palabras. Mi amiga, mi querida amiga desde hace más de 27 años.

Los días de lluvia dan sueño, también hacen pensar más de la cuenta. Al menos a mí. Estás aquí mismo, casi 42 años después. ¿Y? Tienes un techo, comida, trabajo y más sueños que dejaste atrás que los que jamás podrás tener por delante. O quién sabe.

L. se fue hace días. Hay trenes en vías muertas y certezas. Como una que me digo en bajito y no cuento a nadie.

martes, 15 de septiembre de 2015

Clap your hands

Hoy me está costando un esfuerzo hacer lo mínimo. El principal problema del primer mundo de hoy ha sido no ser capaz de encender el calentador y terminar duchándome con agua fría. Cuando estaba desnuda en la cocina (porque el calentandor del año 2, sin punto cero, se apagó cuando estaba en la ducha) manteniendo pulsado por vigésima vez el botón, para ver si acaso conseguía mantener la llama encendida, pensé cómo sería volver a desnudarme o ser desnudada por primera vez por un alguien.  No fui capaz de imaginarlo porque no hay un alguien concreto y en lo abstracto me pierdo bastante, la verdad. Necesitaba la imagen del cuerpo de alguien, pero ¿cómo? si iba a ser la primera vez. No estaba por la labor de conformar una especie de Mrs. Potato mental, con más de una boca o veinte pechos o treinta manos. Mal o no, no sé. Porque el deseo debió ser atropellado cada una de las veces pasadas y no pude recuperar ningún recuerdo del que nutrir la imaginación. Tampoco fui capaz de mantener encendida la llama. Como la vida misma.


Dice este tipo que todos tenemos un doble cuántico, que conserva la memoria mientras nosotros recibimos los shocks.  Me está costando la misma vida entender qué quiere explicar, en realidad porque pienso que es una ida de olla muy grande. Es posible que mi doble cuántico mientras yo estaba en la cocina, ya se hubiera duchado y estuviera secándose el pelo e incluso sí hubiera sido capaz de imaginar, basándose en recuerdos que yo no tengo, lo que yo no estaba siendo capaz. Que sí pudiera proyectar sobre un alguien abstracto una mezcla de sensaciones que yo sentí con otros alguienes. Que mientras a mí, en el pasado, el  deseo me atropellaba hubiera estado sentado a los pies de la cama o en el borde de un sillón o en una silla, observando. Mi doble cuántico voyeur. A lo mejor mi doble cuántico, además, mantiene la llama en su tiempo, quién sabe.
Ahora, una cosa tengo bien clara, si mi doble que dispone y vive un tiempo distinto del mio (básicamente más) es capaz basándose en una memoria que yo no conservo, pero que al mismo tiempo es mía,  de imaginar y dar forma a  toda y cada una de las cosas que a mí se me pasan por la cabeza, y que yo descarto porque no recuerdo, me  disperso o por la falta de tiempo, debe estar mínimo clapping her hands. Pues una cosa le voy a decir, que no me toque las palmas que me conozco.
La única verdad del día de hoy, en medio de todo este sindiós,  es que yo me he quedado con el shock del agua fría.
Quiero ser mi doble cuántico.




sábado, 22 de agosto de 2015

"Soave sia il vento

tranquilla sia l'onda
ed ogni elemento
benigno risponda
ai nostri desir"
(Così fan tutte, Mozart)
 
Hola, H:

Me he despertado pronto, a lo mejor porque espero un poco nerviosa tu respuesta. Así que aquí estoy,  esta mañana del 22 de agosto del 2015 que no volverá a ser nunca más. Eso entra dentro de lo irrepetible. Sentada en el sillón rojo, el mismo en que tú en otra ciudad también estuviste sentada en varias ocasiones. Pensando qué voy a hacer este día que presumo largo. Bebiendo un zumo de naranja esta vez, el de tomate se me hace bola en el desayuno: demasiado espeso. La página del correo abierta, actualizando obsesivamente por si tus letras se quedaron atascadas o dando vueltas en la puerta, pero no. No hay nada dando vueltas ni atascado, salvo yo, en este momento. He mirado también la bandeja de enviados del correo,  la hora de tu última conexión en whatsapp (unas cuantas veces, eso que hacemos todas y no confesamos porque es como un poco psicopático. Lo es. Lo sé. Lo sabemos.), pero tampoco quiero vigilar tu vida, así que vuelvo a configurar mi teléfono para que no se vea la hora de la última vez que estuve en línea ni yo poder ver la de nadie. Te aseguro que de no formar parte de un grupo de mierda de esos de trabajo con todo lo que implica, ya sabes: la coordinadora, la responsable y la gran jefa a un click de enmarronarte un día libre, por no hablar de los 21 compañeros con los cambios de turno, eso de la hora me daría un poco lo mismo. Estuve trabajando en un sitio en que nos enterábamos cuando habían despedido a alguien porque la administradora del grupo los eliminaba. "MC eliminó a  ______ ." Un poco como en los videojuegos. Son PacMan, están dispuestos a comérsete por las patas. A mí me despidieron y me salí sola. Me río, pero no sé dónde mierda vamos a llegar. Echo de menos el Oeste.

De lo que sí estoy segura es de que me has leído. Esta era de teléfonos inteligentes con conexiones a internet, no deja lugar a las excusas peregrinas. Me has leído y punto. A no ser que hayas querido pasarme por alto o me hayas borrado pensando que era un spam. Un poco spam sí que soy, la verdad.

Al final llovió de madrugada. A eso de las 2:30 cuando me iba a dormir la tormenta eléctrica estaba justo encima de la casa, bueno tal vez a 100, 200 o 300 metros. No sé a qué distancia caían los rayos, pero por la proximidad podrían haberme partido. (¿Podrían? ¿Lo piensas así y por eso no me contestas? ¿Es eso?) Después ya en la cama cogiendo el sueño, el sonido del agua cayendo sobre el asfalto. Qué tendrán las tormentas de verano que nos hacen acurrucarnos en la cama o querer ser solo superficie sobre la que caiga el agua. Somos unos dos metros cuadrados de piel. ¿Te das cuenta? Qué enormidad. Qué maravilla. ¡Dos metros cuadrados de piel! Me dan escalofríos si pienso en todas esas terminaciones nerviosas contactadas.

Un abrazo, H.


viernes, 21 de agosto de 2015

Carta a nadie

Querida, H:
Te escribo por fin, después de tanto tiempo. No para explicarte que me encontré un unicornio y he viajado de arcoiris en arcoiris en mundos que eran rosas comiendo algodón de azucar, y por eso me desaparecí del mapa, que ojalá hubiera sido sino porque en este último tiempo me ando acordando de ti y se me quedan cortas las otras vías por las que nos comunicamos esporadicamente. Tú ya sabes de mi aparente desapego. Esa tendencia mía a la soledad, a pesar de lo que me gusta la gente ( la gente que me gusta) y que no se me da nada mal sociabilizar, pero me gusta tanto la gente como estar sola y con frecuencia me puede más lo segundo. Me gustaría retomar nuestra correspondencia, ahora que dispongo de algo más de tiempo libre. Echo de menos saber de ti de una forma más extensa, de tus días y esos correos que con su cotidianeidad amenizaban la mía.  Me gusta como cuentas, ya lo sabes.

De este verano, al que ya le queda poco, lo único que voy a echar de menos son estos días sin obligaciones en que salgo a la calle en bermudas, camiseta y sandalias y hago las cuatro cosas que tengo pendientes, a primera hora, antes de que el sol pegue de lleno. Me gusta la ligereza de la ropa y la luz de estos días. Esta mañana me deslumbré. Yo, que hace tanto que no me deslumbro por nada. La luz se reflejaba en la gravilla blanca del parque que hay delante de casa. Por un momento tuve que achinar los ojos. Era como verlo todo con rayos equis, un flash, un selfie del universo o los del google maps haciendo fotos desde el satélite que sea. No había ningún ovni y para bien o para mal no he sido abducida tampoco, aunque es posible que a ti te haya pasado por la cabeza, por la falta de respuesta a tu último  e-mail. Sí, me lo puedes decir, de nuevo estoy suponiendo demasiado.

Después vuelvo a casa despacio, dando un paseo. Cocino, trato de comer bien. Cojo el sueño leyendo, qué maravilla que las letras se deslíen y el libro se venza sobre el pecho. Siesta. Buscar algo en lo que entretener la tarde. A veces, me obligo a salir porque la verdad es que solo tengo ganas de estar en casa. Estoy cansada físicamente, H. También psicológicamente, pero he decidido hace un tiempo no machacarme mucho la psique y ahí ando arrastrando los pies que no el cerebro.

Tengo antojo de zumo de tomate a todas horas. Esta semana he visitado todos los días el supermercado para comprar. Tengo la despensa con reservas como para dos meses, a más de dos zumos diarios. Soy un poco excesiva con los antojos que puedo permitirme. Después me cansaré y terminarán caducando. Me acuerdo de mi padre cuando me sirvo uno en un vaso bonito, cuando le echo la sal y la pimienta y después cuando le doy vueltas con la cucharilla. Me vienen a la cabeza otros veranos de hace ya tantos años...
Hoy fui a casa de mi madre, una vecina en el ascensor me dijo cuánto le recordaba físicamente a mi padre, pensé: es el zumo de tomate y oye,  quién sabe. Lo único que no deseo es perder el pelo, quedarme calva como él o mi tía abuela África y que luego llegue un sobrino nieto cabrón a tratar de arrancarme la peluca,  por lo demás está bien parecerme.

Ya ves que la vida por aquí sigue siendo anodina. Por otro lado también me he propuesto no hablar más de sentimientos románticos. Entonces tengo que recurrir a lo del zumo o lo de la luz, porque sinceramente no escribir sobre sentimientos es muy complicado. ¿Acaso todo lo que se escribe no trata sobre el amor o la muerte? Inténtalo tú, verás qué complicado.

Este año tampoco he ido a la piscina. Me horrorizan un poco las hordas de niños, los pícnic piscineros, la falta de sombra, la música de otros a toda pastilla y la no educación ajena. Si lo piensas un poco lo absurdo de sentirse como un garbanzo en remojo en azules, sí, pero sin poder nadar. Así que estoy cetrina,  pero bien. Aquí me río, pero no lo entenderás.

Hoy vi la foto que subiste a Facebook, sigues en Menorca. Estás guapa, ya te lo escribí esta mañana. Eso que no estás de vacaciones. La proximidad del mar hace que todo sea otra cosa ¿verdad? El mar es posibilidad.

Hoy ha salido una noticia en la que se dice que Madrid es una de las ciudades mas adulteras de Europa. ¿Cuándo vas a venir?

A lo mejor llueve.
Un abrazo, H.

martes, 18 de agosto de 2015

3D/4D

Esta flipante maravilla que están haciendo con las impresosas 3D:


http://enablingthefuture.org/

Y esta otra flipada con la impresión 4D:

Cuando la ciencia ficción deja de serlo, pero sigue pareciéndolo.
Me apasiona el tema y todas sus posibilidades en el campo de la medicina.


domingo, 26 de julio de 2015

Orden

Adoro el orden, no lo puedo evitar. Soy Virgo. Entonces, hay días como hoy en que después de haber limpiado y ordenado la casa a conciencia. Me siento aquí y disfruto. Sí, la vida este domingo de julio es definitivamente toda una aventura. Sin lugar a dudas. La adrenalina me corre por las venas y el espíritu de Lennon me sale por los poros.

No tengo delante de mi campo de visión, de forma permanente, sobre la mesa baja de madera que está justo delante del sillón rojo en el que ahora estoy sentada: el estuchito amarillo de los medicamentos o los blisters o la funda negra con tapa gris del carrete de fotos con el costo dentro, los papelillos ni el tabaco de liar ni la lata metálica verde de Lucky Strike con las boquillas y más papelillos.  No está la superficie de la mesa, en su lado derecho, salpicada de picadura de tabaco ni tampoco el suelo ni hay  bolígrafos, lápices o rotuladores ni tampoco cinco o seis mecheros. No hay zapatos, playeras, sandalias, chanclas o zapatillas bajo la mesa, la cama o en la entrada sino en el zapatero. No hay cuatro vasos ni tres botellas de agua caliente sobre o alrededor de la mesa, respectivamente.
No están abiertos los botes del champú ni el del gel de baño, tampoco el tubo de la pasta de dientes reposa en horizontal sobre el mueble del lavabo goteándolo de azul. No está el capuchón del cepillo de dientes morado también sobre la repisa sino cubriendo el cabezal y el cepillo en su recipiente, junto con el tubo de pasta de dientes y mi cepillo naranja. No está el rollo de papel higiénico fuera del porta rollos. No está la toalla de baño sobre el bidé sino colgada de su percha, detrás de la puerta, al lado de mi albornoz.
No hay ropa tirada de cualquier manera sobre la cama ni sobre la tabla de planchar ni en el cuarto de baño. No está la bandolera azul o el bolso verde sobre la mesa alta del comedor, tampoco los mil papeles o los paquetes de kleenex o el TomTom o las llaves del coche ni el mando del garaje aquí o allí.
No está la bolsa de comida de Pichi y Chispera sobre la silla antigua de madera ni el flush flush para echarle agua a las plantas, en el suelo, al pie de la ventana del salón o sobre el radiador. No están tampoco las plantas que por falta de cuidado se secaron. Ni el teléfono fijo sobre el brazo derecho del sillón. No están. No están. ¡No están! Aquí estoy por levantarme y marcarme un baile de felicidad, alrededor de la mesa. No están, pero es algo transitorio... Aquí me desinflo, a la vez que mis niveles de serotonina caen por los suelos.

El aumento, a lo largo de los años, de mi adoración, fijación, obsesión por el orden es directamente proporcional a su desorden, y su desorden directamente proporcional a mi obsesión por el orden. ¡Un sindios sin fin, sin remedio, sin solución! Así es.
En todo caso aún bajo los efectos del placer que me proporciona el orden, además de en este contrapunto, pienso en este otro:

sábado, 25 de julio de 2015

Algos

Cierra el Mercado de Fuencarral. La primera vez que estuve allí fue con M. El Mercado había abierto hace poco: el año anterior. Puede que hayan pasado 16 años de aquello. M., venía de Alicante con M., que ahora es muy conocido en el mundo del porno  gay. Me parece que era junio. Tomamos una copa en el bar que había en la planta baja. No recuerdo haber estado más nerviosa en ninguna cita. Bueno, sí, cuando R. R., fumaba tabaco negro. Me gustaba en la misma medida en que me ponía nerviosa. El tabaco negro me revolvía el estómago, y a veces, con frecuencia, vomitaba de los nervios y me tenía que ir a casa. Un desastre.
M. me gustaba también mucho, muchísimo, pero yo entonces era tan tímida y hablaba tan poco que aquello no funcionó. También porque ella conoció a alguien. Es la única vez que me he enterado que alguien me haya engañado. Supongo que no habrá sido la única. Ahora que me acuerdo, no es la única, S. también tuvo algo con alguien, pero aquello lo pasé por alto.

M. y yo, nos besamos por primera vez en la Gran Vía, después de una larga noche, cuando amanecía. Si en alguna ocasión he sentido que se me iba a salir el corazón por la boca, fue entonces.

La última vez que vi a M., de la que ahora no sé absolutamente nada, estuve en su casa. Me fui un fin de semana a verla cuando las cosas no estaban bien con S. Estuvimos en Altea. Playa, sol, cerveza y arroz. Salimos por la noche. Seguía consumiendo coca, igual que antes sentí que su mundo y el mío no tenían nada en común. Cuando sales con alguien que consume coca, en algún momento eres un planeta en otra órbita. No me gustaba M. puesta. Pero tengo que reconocer que recuerdo todo lo relacionado con ella con una sonrisa. Fue una etapa bonita.
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Ayer estuve en el Oftalmólogo, en la revisión anual.  Me han dado una Rejilla de Amsler para que vaya evaluando. De momento solo he perdido un 15% de agudeza visual, en uno de los ojos. Le conté a L. que la oftalmóloga me había preguntado si veía torcido. Le dije que no, pero le tendría que haber dicho que sí. Yo siempre veo torcido. L. siempre me lo dice. Esta semana llovió en Madrid, cuando se estaba acercando la tormenta le dije a L. que iban a caer cuatro gotas y el suelo iba a echar vapor, lo que iba a traer más calor. Ella dijo que los de Madrid no teníamos ni idea, y que por qué no podía pensar que iba a refrescar. Poder podría, pero lo cierto es que luego hizo más calor.

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He soñado, en la siesta, con alguien que hace tiempo que no veo. En el sueño temo encontrarme con Ella, pero sorprendentemente está como si no hubiera pasado nada. Me relajo. De golpe, estamos tumbadas sobre el  césped. Yo tengo mi cabeza apoyada sobre el regazo de una amiga suya, entiendo que somos pareja, pero a Ella no le molesta. Hablamos, no sé de qué. Ella es una gran conversadora. Sonríe todo el tiempo. Está guapa, muy guapa. Bebemos vino y hace fresco. En un instante todo cambia. Ella se levanta del suelo. Su expresión es otra, los músculos de la frente contraídos y la mandíbula tensa. Esa expresión me hace pensar en el dolor. Me despierto.

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Alguien a quien conocí hace muchos años, en la misma época que a M., sube a facebook una foto de un plato de pasta con salsa ragú. Antojazo. Últimamente solo guardo páginas de recetas. No sé por qué. Soy una cocinera pésima.

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Tengo ganas de bailar.

viernes, 24 de julio de 2015

Quien tiene un vicio

No corre ni un poco de aire. Así que ando por casa medio en pelote. Me sorprende, como cada año, descubrir que mi piel sigue morena. He tenido la feliz idea de apuntarme al gimnasio ahora que tengo algo más de tiempo libre. Por primera vez en mi vida desde que trabajo las dos cosas: el gimnasio y el tiempo. Me ahogaba literal y patéticamente (poéticamente sugiere el autocorrector, qué iluso), al principio. El tabaco. Ese que no encuentro nunca el momento de dejar porque no me lo planteo. Ahora, ya me ahogo algo menos.

Me gustan los brazos fibrosos y definidos de las mujeres, pero no los de las mujeres de veintitantos o  de treinta y pocos, sino de las que ya pasan los cuarenta. Con veintitantos no tiene mérito y no es necesario ¡estás lozana!, con treinta y pocos, si me apuras, tampoco. Los músculos: deltoides, tríceps, algo menos el bíceps marcándose cuando se dobla el antebrazo para por ejemplo, retirarse el flequillo de la frente o recogerse el pelo o con el simple gesto de apoyar los codos sobre una mesa. Es toda una provocación. Me pone, lo reconozco. Del mismo modo en que no lo hacen en absoluto esos pantalones tan cortos que siguen de moda este año y que hacen casi partirse el cuello a algunos hombres en las escaleras mecánicas del metro. Me resulta asqueroso el gesto.

Deseo que pase rápido el verano. Nunca ha sido una estación que me guste, cada año me parece más incómodo el calor. No le encuentro ninguna ventaja.

Tengo seis o siete entradas a medio escribir, pero no concluyo ninguna. Ahí están, en borradores. Estoy espesa. Puede también que las cosas vayan mejor y escribiendo sea un poco de hacerme el haraquiri sino me lo puedo hacer, no me sale escribir.

Las sandías madrileñas están insípidas. Por suerte, los melones no tanto.

Estoy contenta con el trabajo actual.
Con L. seguimos limando aristas. Somos tan distintas que parece imposible todo.
Y. se ha ido de vacaciones. Echo de menos nuestra quedada semanal. Le he pedido que me traiga una pulsera de cuero de una isla. Me hace ilusión. 
No tengo hambre, pero me obligo a comer.
No duermo bien pese a que lo hago sola desde principios de julio.
Se me pasan por la cabeza cosas que no haré. No me preocupa porque tengo la balanza totalmente del lado de mantener la tranquilidad en mi vida, pero se me pasan. Me acuerdo del tan fino como certero dicho: "Quien tiene un vicio o se mea en la puerta o se mea en el quicio".

No he encontrado todavía mi futura casa. No existe aún.

Hablo con P. que trabajó conmigo en el sitio anterior. Está trabajando en un laboratorio. ¡Bien! Ahora solo falta que I. y N. también consigan lo que se han propuesto. P., N., e I., acababan de terminar la carrera cuando trabajaron conmigo. Las protegí como si fuera su madre, les solventé marrones, les enseñé lo poco que sé. Lo normal. A las tres les pedí-orienté que hicieran algo para salir de las cruces verdes. Una ya, las otras dos están en el buen camino. Me alegra tanto...También les dije que cuando lleguen a Ministras de Sanidad se acuerden de mí. Se siguen acordando todavía y con eso me vale. Me hubiera gustado no dar con una hija de puta en mi primer trabajo, con ese tipo de persona que piensa que va a heredar la empresa, y existe lamentablemente en casi todos los sitios. No se extinguen, no.

Tengo antojo de helado de chocolate y horchata, de cerveza, hamaca y piscina, de mar, de azules, de un baño a esta hora que es la ideal, de una ducha luego, y maquearse para salir a cenar con alguien que te gusta.

sábado, 11 de julio de 2015

Lo que Juan dice de Pedro...

El otro día leí algo así como que "Lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro". Pienso que es una de las grandes verdades de la humanidad. Me acordé de que creo que nunca se me olvidó algo de lo que accidentalmente me enteré. Alguien, hablaba cosas como que me tenía comiendo en la palma de su mano (miiic, miiic. ¡Error! Te quiero, te adoro, te compro un loro, more or less). Es verdad que formaba parte de una conversación privada. Es verdad que en lo privado debió quedarse, pero no fue así, y como todo lo que sucede conviene, puede ser que  algo hiciera clin crack por dentro, cabeza y corazón, y nunca más volviera a su ser. Puede ser 

Busco piso en alquiler en Madrid. No me gustan: las cocinas americanas, las cocinas independientes con el frigorífico en mitad del salón y las lavadoras en el cuarto de baño, los cuartos de baño que comunican con las cocinas, los muebles de la abuela, los pisos interiores, la plaga de semisótanos con ventanucos infames, esa puta mierda de dúplex que se han inventado haciendo un altillo con una escalera de acceso imposible (¡con un par!), ni la idea de follar con un casco o una chichonera para no abrirte la cabeza con la viga de madera carcomida (las preciosas vigas de madera, anunciante dixit, ays), los palets por somier (tan modernis) por la falta de altura, los áticos construidos en las azoteas tendederos que dudo que tengan cédula de habitabilidad, los techos abuhardillados no aptos para estar erguida si mides más de 1,30, las casas sin armarios, las habitaciones independientes store mediante... Así que dentro de la horquilla económica en que me muevo, lo tengo muy muy complicado.

Seguimos con este calor insoportable que no da tregua. A estas alturas del verano vendría muy bien algo de brisaterapia. ¿Es que no se le ha ocurrido nadie envasar al vacío la brisa marina?

Pienso donde escapar en los 6 o 7 días libres que tendré, en semanas alternas, durante todo el verano. Sueño con Formentera, pero no creo que sea este año tampoco. No sé por qué sólo me vienen islas a la cabeza, puede que no sea capaz de visualizar la tierra sin estar rodeada de agua por todas partes y que una costa entera no me cabe en la cabeza.


domingo, 28 de junio de 2015

Hache

Aparece después de muchísimo tiempo, Hache. H., que me gustaba, que me gusta, pero a quien dejé pasar de largo y me dejó pasar de largo. Aunque hubo un amanecer en mi casa después de una noche larga en que nos reímos muchísimo,  que despidiéndome de ella con el taxi para que la llevara a su casa esperando en la puerta, en que me costó no cogerla de la mano, decirle que se quedara, besarla, cerrar la puerta a su espalda... Ahora me alegro de no haberlo hecho, tampoco la hubiera sabido hacer feliz. Solo le hubiera hecho daño. No le he hablado nunca de aquel momento, ni le he dicho nunca que me gustaba, que me gusta. Así que H. debe pensar que no me gusta. Está bien que sea así. No sé por qué no hice lo mismo con todo lo demás, y sólo fui consecuente ese amanecer con ella. No lo sé. Puede que es porque conozco su historia, pero mira también conocía otras historias y ni siquiera se me ocurrió llamar al taxi para que se fueran. En todo caso me alegro de ese fogonazo de sensatez. Lo bien que hubiera ido algo después, fogonazos de sensatez en ráfaga, pero no fueron...