martes, 5 de febrero de 2013

- 10.

Luz de tarde
Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio
tornar a esta instante
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarmen,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.

(José Hierro. De “Alegría” 1947)


Hoy he estado enseñando el piso a posibles inquilinos. Todo para que me devuelvan la fianza cuando me vaya, aunque no las tengo todas conmigo.

Ha sido extraño. Sé que me voy. Que la semana que viene ya no estaré aquí. Es una decisión propia porque me podría quedar perfectamente. Y aún así se me hace un poco (mucho) cuesta arriba. R. me dice que soy muy de costumbres. No creo que se trate de costumbres si no la certeza de que cuando cierren esta puerta a mi espalda, en ese momento, habrá terminado una etapa de mi vida que comencé pensando que las cosas iban a ser de otra manera. Y como al mismo tiempo he sido incapaz de hacerlas de esa manera allí donde voy.

Por la tarde vino un chico joven, guapo, tímido; se movía con pudor como si invadiera mi intimidad. No tendría más de 30 años, si es que llegaba. Le acompañaba un tipo de una inmobiliaria, que era la primera vez que veía la casa y se movía por ella con más soltura que yo misma. A veces, no soporto a esa gente tan desenvuelta, cuando de la desenvoltura se salta un escalón y se pasa a ser caradura. Esta fue una de ellas. El chico guapo habló de venir a vivir con su pareja. Me dio pena pensar que del mismo modo habité yo la casa. Comencé a imaginar su posible vida aquí. No sé. Me dio por imaginar todas las vidas que se han desarrollado y se desarrollarán entre estas paredes. En la ilusión con que se habita con alguien una casa por primera vez, en los proyectos, en los planes, en los sueños. En como, luego, todo eso se trunca. En el eco de las risas, en la complicidad. También en el silencio, la tristeza y el desconocimiento.

Cuando preparaba la gran mudanza, encontré notas de otra época que no sabía que conservaba. Incluso alguna que vino de Madrid. Estaban guardadas en los sitios más insospechados, y aparecieron entonces. Notas con pros y contras de venir a vivir aquí, por ejemplo, y otro tipo de notas más personales. Hacía daño leerlas porque lo que habían escrito en ellas fue verdad absoluta, y mi credo. Después de eso, una piensa, muy seriamente, en no volver a escribir nunca más nada - a nadie - relacionado con los sentimientos. Da miedo leerlo pasado el tiempo. Es como caer al vacío de lo deleble.

viernes, 1 de febrero de 2013

El último que apague la luz.


Ya he hecho la mudanza. Los enseres han ido de avanzadilla. La casa, esta casa, se ha quedado casi vacía apenas lo básico para vivir. Me siento aquí en el sillón beige ( en el que apenas me he sentado o tumbado el tiempo que he vivido sola), miro alrededor y ya no reconozco este espacio como mi casa. Ni mucho menos como la casa que un día no habité solo yo. Es extraña, muy extraña la sensación. Extraña y liberadora.
De ayer a hoy he aprendido que los muebles abrigan. Hace más frío aquí que antes de ayer, por ejemplo. La casa tarda más tiempo en calentarse, eso sin que las temperaturas en el exterior hayan variado. Pienso si no será un poco el frío que, a veces, cuando repaso cómo ha transcurrido el último año y algo más de tiempo antes de ese último año, siento. Si lo hubiera sabido. Si yo lo hubiera sabido, habría decidido esto antes, pero se han dado las circunstancias ahora. En eso ya no hay marcha atrás. Lo siento enormemente.

Estoy optimista, pese a que el panorama pinta más bien gris. No diré negro, ya he dicho que estoy optimista. Estoy también impaciente, pero eso no lo noto hasta que llego a la cama. Allí sola con los tapones de goma espuma puestos (marca Moldex. Los recomiendo) escucho con claridad todo y cada uno de los pensamientos, que con frecuencia se pisan. Se quitan la palabra. Un jaleo. 
Impaciente porque tengo la sensación de que es ahora, en este momento cuando tendría que hacer algo grande (bueno, grande a mi medida) que es momento de darle el giro a la vida. Si lo dejo pasar es posible que no vuelva a haber otro momento como este. Recuerdo entonces a mi jefa de Barcelona. Es la única jefa que he tenido. La mejor de entre todos los jefes que he conocido. Una mujer emprendedora, luchadora, innovadora, trabajadora, justa, creativa,  con una mano izquierda envidiable, que además valoraba tu trabajo y te lo hacía saber. No como esta panda de jefes balbuceadores lloricas, que se quejan de que ha bajado la facturación, pero no hacen nada, absolutamente nada más que mal comprar artículos que les caducan (porque a ver quién tiene huevos de vender una crema de la marca "Nisu" - mal presentada - a un precio desorbitado) subir los precios de todo lo que pueden de una manera casi directamente proporcional a la bajada de la facturación y metérsela, con eso, doblada al cliente a la mínima de cambio. Para que vuelvan, sí. Lo que se dice hacer clientela. Ni una sola idea ni la humildad de escuchar las que tú puedas tener. Por mí, seguid llorando. Bueno, pues cuando me fui de allí, me dijo, entre otras muchas cosas que realmente me emocionaron, igual que lo estaba ella : "s, a ti no te gusta trabajar en esto. Es tu momento, aprovéchalo. Encauza tu vida laboral por otros derroteros. Hazlo, por favor." Entonces pensé que lo haría, pero yo ya me había enamorado de nuevo y la vida transcurrió detrás de ese alguien. No me arrepiento. Lo volvería a hacer, en ese momento. Tal vez no, ahora. Es posible que sea triste pensar que no volvería a irme detrás de nadie. Es posible. Pero con el tiempo las decisiones son más meditadas, porque preocupa pensar en repetir de nuevo historias ( en mi caso ya llevo dos muy similares - repetimos patrones - con las consiguientes idas y venidas) y tener que empezar de nuevo. Empezar de cero.

Tengo muchos sueños, que creo son alzanzables. Soy una soñadora realista (terrenal) conocedora de mis capacidades. Si me dejo ir mucho mucho, me doy un alto y me digo: " Los pies a tierra.". Ahora, cuando lo digo, el eco de la casa desnuda me devuelve mis palabras; las oigo por dos veces. Tengo que confesar que son muchas las veces en que hago trabajar al eco, porque sueño, sueño mucho, a pesar de todo.

No solo sueño. Me dan pena también muchas cosas. No me olvido ni un solo día del tiempo reciente, ni de quien ha estado. Tenía razón en todo. En toda y cada una de las cosas que me dijo. En toda y cada una de las cosas que veía desde fuera. En todo y cada uno de los consejos que me dio, y yo no tomé porque no veía más allá de lo que no veía. Me da mucha pena eso, porque la historia podía haber sido otra.

La última vez que estuve en Madrid  Y. me recordó algo que le he dicho en más de una ocasión, con respecto a las relaciones de pareja. "Las historias terminan mal o no terminan" No me refiero con esto al hecho de poner fin a una relación en el plano físico; al me han dejado o he dejado, no. Y que la cosa quede ahí. Me refiero a  todo lo que puede venir después de eso. A cuando en vez de pasar el duelo de lo que terminó cada una por su lado: poner distancia, dejar que pase el tiempo, y luego ya, si eso, nos retomamos de otra manera. Pues lo que te encuentras es casi en tu propio funeral. Hablo de "el enganche" a: las culpas que vierten encima tuya, a la responsabilidad sobre el devenir de la otra persona, al chantaje emocional, a los desbarres, a dar pie a que todo eso te caiga encima como una losa y pensar que es lo que mereces por haber dejado de querer a alguien. Hablo de que para terminar con todo eso, con toda esa locura oligolérdica a la que como una idiota has dado cabida en tu vida, usando como excusa el: nos hemos querido, esto no puede terminar así o no es real es el dolor, no he compartido todo este tiempo con una desconocida, vamos a ser civilizados, y un largo etcétera.  Se hace estrictamente necesario que, por desgracia, el funeral no sea solo tuyo, aunque vayan a cargo de la misma persona los dos desamorcidios.

Disfruto de mis últimos días aquí, ahora que por fin ya está casi todo resuelto. Hago cosas que no había hecho antes, como salir todas las mañanas a caminar por el Paseo Fluvial. Es bonito. El río, los tres puentes, el sol de cara a la ida, respirar hondo. Sentirse viva. La tranquilidad. Sobre todo la tranquilidad de ir ligera de equipaje.




martes, 29 de enero de 2013

G.

Dice G. que no me tengo que culpar por las cosas. También dice que somos buenas personas. Cuando le escucho decir esto último pienso que él sí lo es, de las mejores que he conocido. Hablamos de la gente a la que sin querer hemos hecho daño. Mientras me insta a probar la morcilla mondonga (sobre la que me instruye, pero me niego) que nos han puesto de aperitivo, y nos preparamos para meternos entre pecho y espalda media Torta de la Serena, una ración de jamón de cerdos criados en la Dehesa Extremeña (que es maravillosa; la Dehesa y la ración), y  un revuelto de criadillas de campo. No culpables, no,  pero sí responsables de no haber hecho las cosas bien.
Hablamos de las grandes cagadas de la humanidad que son las nuestras; las de los últimos tiempos. Hablamos de qué distintos saben los huevos que me dio el otro día; los trajo de su pueblo. Hablamos de una expresión de su pueblo "comer de sequillo". Le cuento cómo entendí cuando vine al Oeste por qué mi padre decía, en Madrid, que los tomates no sabían a tomate.  Hablamos de: el Museo Vostell,  Bdsm, erotismo, porno, los sueños que tenemos, su plaza en la Seguridad Social, de hablar solos y si todos los que viven solos lo hacen como nosotros o más o menos,  de con cuánto se puede vivir en esta ciudad,  lo mal pagado que están los Ats,  mi mudanza, disfraces, libros, dónde ir a bailar hoy que no hay nadie,  los tuareg,  planes de pensiones, amantes, la timidez, su foto de comunión que me enseñó hoy, como terminar de decorar su casa y si el mueble que vimos el otro día quedaría bien, del amor, del desamor, amigos comunes, de que venga a verme con frecuencia, del ambiente y lo atractivo que le ha parecido el presidente de mi comunidad,  de viajar, de "El Principio de mediocridad",  las elecciones y lo que dejamos de vivir por ellas, de la posibilidad de tener un álter ego que viviera eso otro que al elegir descartamos, de todas las vidas posibles, de que está contento con la suya.  Hablamos sobre alguien que se acaba de acercar para decirle que le quiere hacer un retrato, pero "que se vea piel".  Le cuento una anécdota sobre el "papo seco" que es un tipo de pan que hay por aquí. Le cuento cómo entró un día una niña de unos 7 años en la cueva y me pidió  un papo seco. La cara que se me quedó que no era menos desencajada o de apuro que la de la niña, hasta que me vino a la cabeza que era un pan, y la envié a la panadería.
Hablamos de que si nos envían a la mismísima mierda y no quieren volver a saber nada en su vida de nosotros tienen razón.  No es que seamos culpables de eso si no responsables con lo hecho u omitido de que así sea. Hablamos de ese tipo de bloqueo de no poder. No ser capaz, como si tuvieras las compuertas de una presa cerradas en la garganta, a la altura del cuello justo por debajo del hioides, y todo eso bullendo dentro y que parezca que no bulle nada. (Asombroso). No porque nadie quiera aparentar que no bulle, si no porque hay un montón de sentimientos que no se es capaz de verbalizar al menos no como son. Al menos no como se sienten. Al menos de ninguna manera. Ahí se quedan. Hablamos de todas mis miserias que son muchas últimamente. Hablamos de la falta de una educación sentimental, de clases de gestión de los afectos y desafectos como materia obligatoria. Pienso en lo sencillo que es hablar con él de todo, sobre todo. Sin que él juzgue. Claro, que no somos objetivos y nos lo perdonamos todo. Aunque yo le insista en que hay cosas que no son perdonables por otros. Todas esas cosas que él también sabe. Entonces él se queda pensando, me mira a los ojos con una mirada que sale de lo más profundo ( o de las cañas o el vino) y me dice "no te culpes",  a pesar de todo. No es objetivo en ese momento, tampoco lo será mañana. Hablamos de muchas muchísimas cosas más de: la frustración, la incapacidad, la pena, el vacío, esa sensación de no saber querer, de mi predominante gen masculino (del que me ha hablado más de una novia) que me hace salir corriendo cuando hay problemas, de empezar de cero otra vez, de no arrepentirse de lo vivido pese a todo.  Le voy a echar mucho de menos. A mí no es que no se me vaya a olvidar esta ciudad es que no se me va a olvidar él. Le digo que le quiero mucho ( pienso que hace tiempo que no se lo decía) . Le digo todo lo que le voy a echar de menos. Él no es capaz de imaginarlo, como no es capaz de imaginarlo por no abarcable, de tanto que va a ser, nadie.  Entonces me abraza fuerte, y mis ojos se llenan de lágrimas porque aunque nos tocamos mucho siempre cuando estamos, su abrazo me inunda de ternura. Podría empezar a llorar y no parar nunca, pero él afloja el abrazo me mira a los ojos, lleva sus manos a mi cara y  me enjuga las lágrimas con sus dedos tiernos al tiempo que dice algo que me hace reír. Y seguimos hablando...

miércoles, 23 de enero de 2013

Insomnia

Ultimamente pienso mucho (como estoy ociosa, pues claro... pero solo laboralmente ¿eh?, que soy un hacha empaquetando una casa) en cuántas relaciones iniciaríamos si nos conociéramos primero en el desamor. No en el desamor con terceros. No en el desamor con quien estuvo antes de ti o de mí, aunque eso también aporta una información que no tiene desperdicio. Como las lesbianas somos las únicas dentro de la especie humana que nos podemos tirar horas y horas hablando con la pareja actual de la pareja anterior (somos como el eslabón perdido en ese sentido. Sobra información, casi siempre) pues hay que aprovechar, y  no perder detalle de lo que nos cuentan de relaciones anteriores porque, por desgracia, a estas alturas de la película, cambiar lo que se dice cambiar, no cambiamos. No me gusta que me hablen mal del pasado o de las pasadas, con mucho rencor o con odio o con desprecio o con falta de respeto, pero ni amigos ni posibles conquistas. Me saltan un poco las alarmas porque tendemos a repetir pautas de comportamiento. Si tú, un día, hablas con desdén, incluso con asco de alguien que fue en algún momento importante en tu vida seguramente lo hagas también de mí (entonces no superaremos el desamor y no podremos enamorarnos. Fin de la historia). Hablo del desamor entre el proyecto par que seríamos tú y  yo, después, en el caso de superar esa etapa. Luego ya, si eso, si tenemos un desamor bonito y conseguimos superarlo y tal, pues ya nos enamoramos conscientemente. Lo pienso, y con sinceridad pocas, muy pocas relaciones hubiera comenzado en mi caso. Tan pocas como, ¿una? o tal vez ¿dos? Bueno, también puedes vivir, para empezar, un desamor esquizoide. Partir peras de nuevo porque ni de coña te vas a enamorar. No verte una temporadita (tanta como un año. El duelo, ya se sabe) que el tiempo todo lo cura, y recuperar la amistad. Si nos saltamos lo de esquizoide, por la recuperación de la amistad posterior-anterior (aquí me hago un lío) aumentaría el número de relaciones que volvería a empezar, pero no serían todas las que he tenido ni de lejos. Pero sería muy clarificador este mundo al revés, con respecto a quién y cómo es realmente, la persona con quien queremos estar, de la que nos hemos desenamorado para luego enamorarnos o no. No me vale que me digan que el dolor nos puede cegar que: la pérdida, la tristeza, la frustración, las expectativas o los sueños rotos, en definitiva lo que no será, nos puede llevar a decir o hacer algo que jamás hubiéramos pensado que diríamos o haríamos. No. No me vale. Y no nos valdría a ninguna en ese mundo del corazón del revés.

Y nada que tengo ganas de empezar de nuevo, eso que a estas alturas debo ser la única que confíe en mí.
¡Ahm!, y que cuando vuelva a Madrid de allí no me menea ni un desamor desenfrenado. ¡Digo!

lunes, 7 de enero de 2013

La Profecía de las Pastillas Flota.

La anterior vez que compré pastillas para el lavavajillas pensé que esas iban a ser las últimas que compraría para hacerlas servir allí. Que antes de que se acabaran iba a estar de vuelta. Es ese tipo de pensamiento que una tiene con frecuencia, al que dota de una profundidad abisal relacionándolo con algo tan serio como esto. Que tu vida depende de unas pastillas, vamos . El caso es que eso pensaba,  cada vez que abría el armario de debajo de la pila de la cocina, metía la mano en la caja y sacaba una, para a continuación ponerla en el cajetín del lavavajillas donde terminaría su corta, pero útil vida. Dos días antes pensándolo mucho (porque tenía la intuición de que esto no iba a ser como lo de los Mayas, las pastillas de lavavajillas nunca fallan) compré en Esperanza una nueva caja, cuando llegué a casa al sustituir la caja antigua por la nueva observé que el último vistazo rápido me había engañado y que aún quedaban tres. ¡Tres! ¡Trees! ¡Treees! Pensé que me había precipitado en la compra, con qué facilidad me había olvidado del presentimiento profético. ¡Cómo podía haber sido! Tenía que haber esperado. Haber esperado. Dos días después se cumplió la profecía. Once días después de esos dos últimos, juro que nunca nunca volveré a perder la fe en las pastillas del lavavajillas y las cosas que me cuentan aunque todavía quedan dos.
Por lo demás, he borrado todas las alarmas del móvil. Especialmente gratificante ver desaparecer en el limbo de las cosas que se borran la denominada "Martirio mañanero" de los sábados y el "Supermartiiirio mañanero" de los domingos. Muy a mi pesar continúo no durmiendo bien, despertándome antes de lo que quisiera por alguna pesadilla e intranquila. Sueño mucho. Recurrente en este último tiempo el no haber terminado la carrera. (Algo querrá decir, ya se lo preguntaré a las pastillas) Después de cuatro años he podido disfrutar de un Día de Reyes sin trabajar, roscón incluido. Me he vuelto (por las circunstancias) fumadora de exteriores o al aire libre. ¡Supersana! Ma-to por fumarme un cigarro en el interior de cualquier sitio, a poder ser repanchingada en cualquier sillón, sofá, mecedora o sentada menos comodamente en una butaca, silla, taburete, o tirada en el suelo, o haciendo el pino puente, o a la pata coja sin pasar frío ¡Dónde sea!
Y menos que más eso es todo.
Flota 9 en 1.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Descolocada.

Ha muerto Manolo a los 74 años.
Manolo era  amigo.
 - Hombre, si está aquí la alegría de la huerta - solía decir cuando me divisaba en la rebotica, con una sonrisa que no le cabía en la cara y toda la sorna del mundo. Y a mí eso me gustaba. Me hacía sonreír siempre porque no le faltaba razón y con ninguna otra frase se hubiera podido expresar mejor mi estado de ánimo, a veces. Vamos, que ahí le daba.
Se ha ido tanta gente con la que por el trabajo he tratado a diario. Gente que pasó de ser cliente a ser amigo. Haberlos conocido es lo único que me ha gustado del trabajo, por desgracia el llegar a conocer a muchos de ellos ha sido debido a que su salud no era buena. Hoy me acuerdo de cada uno de ellos, pero sobre todo no se me va de la cabeza la figura de Manolo, su pelo cano, su piel curtida, su risa, el brillo en sus ojos cuando hablaba del campo, las conversaciones durante horas los domingos, ese día en que ésta es una ciudad fantasma. Él pasaba a verme después de comprar el periódico a primera hora de la mañana y me contaba por enésima vez las historias de la época en que vivió en Madrid, que yo ya me sabía de memoria. Hablábamos de casas de comida y de bocatas de calamares, entre otras cosas. También de guarrinos, caballos, tractores, charcas, árboles, pájaros y de la tierra  las mañanas en que él después se iba al campo.
Diez minutos antes de que pasaran a decírmelo, alguien había decidido por mí lo que viene siendo mi vida o lo que será, y aunque esperado descoloca. En realidad, el día ya estaba siendo una mierda tremenda antes de eso y de lo otro. Por el cansancio, pero sobre todo porque una piensa a diario que no está dónde debe ni quiere, que no es esa la forma en que pasar los días. Una se pregunta en qué punto de la vida se perdieron las ilusiones, en qué momento se dejo de soñar, cuándo una se acomodó, se volvió una conformista y olvidó todo lo que le gustaba, cuándo se sucumbe a la rutina y se deja de creer en todas las posibilidades que somos. Hace relativamente poco alguien me preguntaba, qué me gustaría hacer, qué te gusta (era más bien un permítete soñar, venga) en realidad no lo sabía, en realidad hay tantas cosas que he olvidado. No supe qué contestar, y enmudecieron al otro lado. Eso me dejó pensando.
Ahora pienso en todo lo que tengo que hacer. Al pensarlo me agobio, pero también pienso que quiero hacer otras cosas, recuperar esa parte de mí que también era yo y que el copyright de la frase que me hacía sonreír y pensar, pensar mucho, va a ser de él.
Se van los buenos.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Perder el tiempo, y más cosas.

(Confieso que tengo una relación rara con el alcohol, cuando no estoy bien.)

He conseguido levantarme de la cama, no hubiera salido de allí en todo el día. He dormido y no he dormido. Muchos minutos pensando que ojala me durmiera, y parara todo, que no fuera consciente de las cosas que me duelen. Ni de ti. Ni de la necesidad de que me quieran y no dejarme querer. Ni de la soledad. Esa soledad tumbada encima de mí, aplastándome. Estaba allí tumbada, debajo de la soledad, en la soledad absoluta. Los pensamientos, con los tapones de goma espuma puestos, estaban siendo demasiado ruidosos. Un ruido amplificado que no soporto. La goma espuma ni espuma ni amortigua nada.
He pasado veinticuatro horas fuera de casa, de bar en bar. Así ha sido. He echado de menos que alguien me dijera vamos a casa, yo te cuido o vete a casa s. porque esto te sobrará mañana.  Realmente no me dejo cuidar, no me dejo nada.
He llorado en horizontal, buscando la postura imposible que me llevara a la amnesia,  porque quiero ser muchas cosas que no soy. Alguien con dignidad por ejemplo o con una dignidad como la tuya. Alguien distinto, capaz de coger la vida, la mía, y hacer por fin algo con ella. Alguien que no huye.

Al padre de R, le han detectado un tumor. Me llega un mensaje de ella a una hora en que yo debería estar ya en casa, pero aún estoy bebiéndome la no vida. Luego me da vergüenza llamarla porque soy consciente de golpe del estado en qué me encuentro, pero no puedo evitar descolgar el teléfono cuando llego a casa, y es mi madre, que me envía a dormir preocupada.  Ahora me da vergüenza también hablar con ella. Igual que me pasa contigo.
He tenido la sensación de no tener garganta, de que está el cuello vacío por dentro. He tenido que carraspear, varias veces,  para comprobar que no ha venido nadie y ha cortado desde la base del cráneo hasta por encima de los hombros y ha dejado la nada, ahí en medio,  una cabeza arriba que no para, y La matanza de Texas sobre el colchón, todo tan desgarrador. Me he llevado las manos al cuello para confirmarlo. He pronunciado dos o tres  palabras absurdas, inconexas, para oír mi voz. La tengo pero no parece la mía, es como si hablara otra.
Tengo miedo. Mucho. Y esa sensación de desprotección, de desamparo.  Ansiedad también. Vacío.

Pienso que no pasa nada por pasar de nuevo Noche Buena y Navidad, aquí sola, de verdad que lo pienso, pero en el fondo (muy en el fondo). No pasará nada como el año pasado, pero mientras me entristece pensarme aquí sola. Pasará, lo sé. Tampoco me puedo quejar porque en mis manos ha estado que esto vuelva a ser así.
Pienso en mi padre, la conversación del sábado por la noche con R. me hizo acordarme mucho de él. Pienso en cómo se hubiera plantado aquí y me hubiera llevado. Me hubiera dicho que  lo primero es estar bien. Me hubiera dicho deja esa vida y vuelve. Me hubiera dicho mándalo todo  a la mierda y vente, yo te cuido. Se valiente, todo va a ir bien. Me hubiera dicho todo eso sin decir nada. Se hubiera plantado aquí con una empresa de mudanzas. Hubiera hecho las cosas sencillas, y resuelto, sobre todo resuelto, algo que yo no sé hacer. Más bien todo lo contrario, el talento innato de complicar incluso lo más sencillo. Pienso en la última vez que le abracé, y la última vez que he sido abrazada. Tengo ganas de llorar de nuevo.
Estoy harta.


viernes, 28 de septiembre de 2012

Everytime I go to sleep.

Al principio es como una puñalada o cómo una imagina que debe ser ese dolor sordo, profundo, desgarrador, de un filo metálico hendiéndose en la carne, de golpe, hasta la empuñadura. Parecido a un abandono o a la locura o a un darse cuenta o solo celos.
Después, no tardando mucho, apenas 24 horas, una se acostumbra  a ese filo que queda dentro, a que se hienda más o menos según te muevas, según se muevan. A sabiendas de que es solo tu inmovilidad la que desangra. Incluso a andar por él sin saber en realidad lo que te juegas, o si siquiera hay algo aún que jugarse. O relativiza o empieza a razonar o vuelve en sí o analiza. Y entonces concluye que existe: la supervivencia (que es ahora más que nunca lícita) las oportunidades, otras personas, otros corazones, otras vidas posibles, la felicidad en cada una de ellas. Que la vida sigue y aquí nadie es imprescindible. Y lo comprendes. Comprendes eso, y  que nunca, nunca, nos conocemos del todo y que siempre, siempre, callamos cosas. Las más importantes.

Llevo prácticamente desde que volví al Oeste sumergida en una rutina anodina de ma-me-mí conmigo. Del trabajo a casa. De casa al trabajo. Poco contacto con el exterior. El (in)necesario por el trabajo. Aunque voy a tener que agradecer, al final, tener este curro de mierda, que me obliga a relacionarme con el resto de la humanidad, porque yo, muchas veces, la mayoría de las veces, preferiría estar dentro de una quesera de cristal gigante, seleccionando con quién sí o quién no interactúo. Qué si me aburro y me desespero. Pues claro, pero estoy en bucle. Qué si no me soporto a veces (muchas veces, la mayor parte del tiempo) pues también. Qué si es una pérdida de tiempo. Pues sí, pero ya llevo tanto perdido. Qué si lo siento. Qué si  lloro porque sé que cada milésima de segundo que pasa me aleja. Qué si me duele. Qué si pienso. Qué si imagino otra vida que no es la mía. Qué si echo de menos.  Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Qué si esto me lleva a algún sitio, a cualquier sitio. Pues por supuesto que no. No me lleva a ningún sitio físico distinto, pero me voy reencontrando (o no) a pesar de la ansiedad disparada como la flecha de Robin Hood, pero sin encontrar manzana que la frene.

Hay días (muchos, más noches) en que me da miedo estar sola. No sola de sin gente a quien recurrir. No sola de que no me quieran. Me da miedo estar sola, de sola.  Una.  Sin nadie. Entre los muros, anchos, de esta mi casa. Me da miedo cuando siento ese desasosiego que creo no poder  controlar. Me dan miedo las locuras del pensamiento en ráfagas. Entonces, cierro las manos, aprieto los puños y deseo (como si me fuera la vida en ello) por primera vez en mi vida, unas uñas largas para clavarlas en las palmas de mis manos, con fuerza, de golpe, hasta la yema, como el filo de una navaja, que me desentuma,  y me haga sentir que estoy viva o algo distinto a lo que siento a diario o whatever.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Alice Herz-Sommer.

Hoy es mi cumpleaños. Nunca me ha gustado el día de mi cumpleaños, del mismo modo en que me gusta mucho el día del cumpleaños de otros, de todos, incluso de los que no conozco. Es un día en que parece ser que tenga que pasar algo excepcional, quiero decir algo excepcional que no sea una celebración de la vida, de la propia vida y un recordatorio de que hay otros tantos a quien quieres que también siguen en ella, de un modo u otro, en la tuya y en la suya, por supuesto, que ya es mucho. No creo que nada pueda superar eso.

Un 17 de septiembre de 1973 llegué a la bola del mundo, eso son 39 años.
Pues bien, me encuentro con esos 39 años y la necesidad de empezar de nuevo. No recuerdo con quien mantuve una conversación ultimamente, en que hablábamos de que a veces el tiempo parece detenerse y es como si nos hubiéramos quedado en los veintipocos. 
Está: 
- Esa cosa de percibirse como entonces, incluso físicamente o fundamentalmente físicamente. Si viniera San Dios y nos pusiera una imagen nuestra de entonces al lado, lo fliparíamos. Los que estén en los veintipocos no comprenderán esto. Daos tiempo y disfrutad de vuestro ahora. Luego lo añorareis.
Que los  años pasan es de las pocas certezas en esta vida. Esa y el amor incondicional de una madre.
- Y esa otra de pensar que la vida era ligera, tal vez es eso a lo que se aferra una.Yo fui una de aquellas privilegiadas que no tuvo que irse de casa, ni buscarse un empleo para poder costearse los estudios universitarios y su manutención. Me mantuvieron, me dieron un hogar, dinero para mis caprichos y mis juergas, y cariño por un tubo hasta que termine la carrera e incluso un Master del Universo.  Hubieran seguido haciendo lo mismo, si no me hubiera enamorado (a los veintipocos) liado la manta a la cabeza e ido a vivir son S. a Barcelona. (Hoy S. a la que hace al menos 6 años que no veo, también me felicitó. Nos veremos pronto, S. Palabra. En esa nueva vida en la que seguirá habiendo espacio para ti). Que he sido una privilegiada es algo de lo que he sido consciente después. Ha sido la vida de los otros, de los que me he ido encontrando por el camino y no tenían nada que ver con mi entorno de siempre, la que me ha hecho verlo. Agradezco a todos ellos el habérselo podido agradecer a mi padre antes de que faltara. A mi madre lo sigo haciendo.

Hay gestos, que me emocionan. Y de madrugada lloré por uno de ellos. Hay gestos que hacen grandes, aún más grandes a las personas. Gracias. Muchas gracias. Incluso gracias por hacerme pequeñita. Más pequeñita.

Veo esta parte de un documental sobre Alice Herz-Sommer que con 38 años (los míos de ayer) fue deportada a un campo de concentración nazi , a Theresienstand. Ella sí que me hace minúscula.
Y así, menguada, voy a empezar a pensar que "la vida es hermosa, cada día..."





"Solo cuando somos tan viejos, solamente entonces, nos hacemos conscientes de la belleza de la vida".
¡Quiero ser viejuna ahora!
¡Feliz día para todos!

sábado, 15 de septiembre de 2012

En sábados como este.

A las 16:30 vuelvo al trabajo. Odio estos sábados de mierda en que soy más consciente que nunca de la pérdida de tiempo. De la inmovilidad. De mi inmovilidad. Del abuso del que puede, y al que se lo permito, que me paga igual un sábado un domingo o cualquier festivo. Mi tiempo no tiene precio, entérate (lo pierdo porque es mío y  porque ahora no sé hacer otra cosa) pero al menos cumple con este convenio miserable, que los sindicatos, vendidos, vendiéndonos,  han despojado incluso de la antigüedad. No soporto mi gremio.  A esa panda de explotadores que han nacido con una estrella en el culo, y han heredado de sus padres el negocio del siglo, que a su vez lo heredaron de los suyos, y será heredado por  los bisnietos.  (¡Liberalización, ya!). Que se ponen sus batas blancas, resplandecientes, inmaculadas, que nunca ensucian. No soporto la pleitesía que os rinden. ¿Qué habéis hecho vosotros? A todos vosotros quisiera veros no pasando solamente a hacer caja. No solamente frotándoos las manos, y tratando de hacer que venda aquello que os da más beneficios, aunque su precio sea superior a cualquier equivalente y estéis engañando a quién pide vuestro consejo y os besa el culo. No soporto a todos aquellos que  anteponen a su nombre Don,.y te hacen dirigirte a ellos de esa manera. Cuando lo que te viene a la cabeza es soltar un Don Mierda, por ejemplo.
Ahora empezáis a llorar porque resulta que la crisis también os afecta. ¡Jodeos! Es posible que ahora tengáis que empezar a trabajar, y es posible que haya sábados en que a vosotros tampoco os apetezca sonreír, aunque no sea precisamente solo por todo esto.