Quedo con T. a tomar unas cervezas a las seis de la tarde. Porque T. tiene un hijo de 16 meses y medio (mi sobrino) y es entonces o no es nunca. El niño, S., es como un superbebé gigante (cortesía de los genes B) y además es muy simpático (cortesía de a saber qué genes). Nos tomamos cuatro jarras de cerveza, bien fresquitas, y ya estoy piripi. Pero me tengo que volver a casa, por el cash y porque aquí no conozco a nadie y además porque los bebés tienen horarios. Total que aquí estoy sola, de solemnidad.
Me viene, recién llegada a casa, el pensamiento que tuve en algún tiempo, tampoco no muy lejano, de ser madre. No lo seré nunca. Porque coincidiendo con aquel tiempo (el del pensamiento de la maternidad) hice prácticas durante más de seis meses con un adolescente con un Trastorno Disocial diagnosticado, más todo lo que tenía por diagnosticar ( hay ciertos psiquiatras que se niegan a encasillar antes de que cumplan los 18), y a mí se me quitaron todas las ganas. CR15, que este año, será CR18 (carne de cañón). Está en un centro de cumplimiento de medidas judiciales para menores. Se hizo todo lo que se pudo. Al menos yo lo hice, con los recursos que contaba. Hasta que tuve que empezar a dormir con la puerta de la habitación cerrada (con muebles que la bloqueaban, como en una película de seria B), y algo que pudiera protegerme, debajo de la almohada, porque temía por mi integridad física, la psíquica ya era otra cosa y asunto mío. Entonces pensaba que se me estaba yendo la cabeza. A posteriori (un par de años después), supe que no era yo la única, y que las cabezas... a veces deberían rodar, por el bien común, pero resulta que son libres.
Si alguien me preguntara si, en realidad, viví aquello, tal vez lo negaría aunque fue así. Una pesadilla no soñada.
Total que Dios o whatever, te concede lo que pides para que dejes de pedirlo. Y es por eso por lo que ya no pido nada más.
P.D.1: Sigo echando de menos bailar como si no hubiera mañana. Y me encanta la cerveza. Echo de menos cosas que es posible que nunca sepa cómo serán, porque nunca me dé el gusto de vivirlas. Me pregunto, entonces, cómo es posible echar de menos algo que no haya vivido. ¿?
P.D.2: Me entristece mucho la perdida de todos los que un día me fueron afines y los pienso (a ti también), pero el pensar es como el creer, no es cosa cierta.
A esta hora me liaría en un mano a mano con cualquiera que quisiera escucharme.
P.D.3. Pienso en el mar y en veranear. En ser veranenante. En caracolas. Olas. Azules. Arena. Mar.
La gente no cambia. No cambiamos. Eso forma parte de las cosas que son así.
Cada vez hago peor los cigarrillos de liar.
Con todo lo que no he sido capaz de gestionar antes, me pasa como con los cigarros, que cada vez lo hago peor.
Confiamos. Una y otra vez confiamos.
La primera vez que te engañen será culpa del otro, las siguientes serán culpa tuya.
Si hay algo a lo que antes no supiste ver la parte positiva, con el tiempo no se la verás nunca.
Las no virtudes lo son siempre, con las virtudes ocurre lo contrario, a veces dejan de serlo. Es como con los lunares que se transforman en verrugas.
El tabaco de liar por la mañana, no me quita el mono de nicotina, tampoco por la noche, pero entonces, como ahora, ya estoy muy cansada y casi todo me da lo mismo.
Contemplo la posibilidad, si no tengo suerte, de terminar trabajando en el extranjero. Me da pereza estudiar inglés por enésima vez, pero como con la nicotina, por las noches lo de irme fuera también me da lo mismo.
No llevo bien vivir en el quinto.
Pienso en los distintos yo que he sido, con cada una de las personas que han estado. Como si fuera de personalidad múltiple, que lo mismo. Me vuelvo a olvidar de los sueños. Hay personas con las que nunca los tuve, otras alimentaban mi imaginación y mi alma para soñar, para que asomara ese otro ser yo que, en realidad, nunca me atreveré a ser del todo o a ser yo simplemente.
Me da la risa cuando contesto en Infojobs a una oferta de trabajo para Inditex, por el tema de, si se da el caso, justificar la búsqueda aún más activa de empleo al SEPE y que no me roben un mes (desconozco a partir de qué número de currículum enviados comienza la actividad). Me imagino como toda una apasionada de la moda, cuarentona, con un pantalón corto, muy corto, estilo "chochero", trabajando en "el Breska", eso si acaso me caben.
En general, no quepo en mi de glamour.
Todo a propósito de haber leído, por ahí, algo parecido a esto: "Tenía muchos pájaros en la cabeza, pero nunca volaba"
Últimamente todos los días son iguales. La única diferencia es permitirme no poner el despertador los sábados y los domingos. Con lo que consigo despertarme aún más temprano.
Ayer mantuve una conversación con ella. Buscó un momento en que yo había salido a fumar a la terraza, en casa de mi madre, para decirme ese tipo de cosas que no nos gusta oír a nadie. Que E. desapruebe alguna de las últimas decisiones que he tomado en mi vida, es algo que me disgusta. Pero también es necesario que alguien deje de darnos palmaditas en la espalda como si todo estuviera bien, siempre, para recordarnos esas cosas que no debemos olvidar. Me removió, como si con sus palabras-batidora se me hubiera montado una clara a punto de cualquier cosa aquí dentro. Una clara montada enorme, espesa, cierta, que ahora lo ocupa todo y no me deja pensar en otra cosa que no sea todo lo que me dijo. Sé lo mal que lo pasó poniéndome la realidad sin adornos sobre una bandeja. Esa realidad que se me hace bola, si me paro a pensarla. Quiero muchísimo a mi hermana E.
Constato en mis propias carnes (que cada vez son más dada la inactividad), que el panorama laboral es desalentador. En realidad, puede ser que lleve un mes y medio tomándome en serio el tema. Ocurre que una no es realmente consciente de cómo está todo hasta que no lo vive en primera persona. Una piensa: bueno me quedo en paro, pero "porque yo lo valgo" tardaré nada y menos en volver a encontrar algo. Tal y como ha pasado las otras veces: primer c.v. enviado, primera entrevista, y contratada. Los otros, el resto, esos otros casi seis millones de personas que se encuentran en las mismas circunstancias, es que no lo valen. Es un pensamiento muy feo, pero que venga alguien que se quiera medianamente, y me diga que no ha tenido el mismo pensamiento en estas circunstancias. Pues bien, eso no es así. No es cuestión de que tú lo valgas o no lo valgas, es que hay casi 6 millones como tú. Tal vez con más formación, con más experiencia, con menos años, más altos, más guapos, más simpáticos, más litos, más inteligentes, más espabilados, con más recursos, con más valía y, de nuevo, con menos años. Es por eso que me saca de mí leer según qué en algunos sitios.
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Soy el planeta Tierra, como no bajes de la nube de ignorancia en la que flotas el morrazo va a ser chico.
Me da miedo el futuro, y estoy enamorada de Ángela Molina y Coque Malla.
Luz de tarde Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio tornar a esta instante Me da pena soñarme rompiendo mis alas contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme. Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres la apariencia tranquila del aire, esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura, el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde, ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos, cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase... Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas. Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarmen, poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde mi alma, aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.
(José Hierro. De “Alegría” 1947)
Hoy he estado enseñando el piso a posibles inquilinos. Todo para que me devuelvan la fianza cuando me vaya, aunque no las tengo todas conmigo.
Ha sido extraño. Sé que me voy. Que la semana que viene ya no estaré aquí. Es una decisión propia porque me podría quedar perfectamente. Y aún así se me hace un poco (mucho) cuesta arriba. R. me dice que soy muy de costumbres. No creo que se trate de costumbres si no la certeza de que cuando cierren esta puerta a mi espalda, en ese momento, habrá terminado una etapa de mi vida que comencé pensando que las cosas iban a ser de otra manera. Y como al mismo tiempo he sido incapaz de hacerlas de esa manera allí donde voy.
Por la tarde vino un chico joven, guapo, tímido; se movía con pudor como si invadiera mi intimidad. No tendría más de 30 años, si es que llegaba. Le acompañaba un tipo de una inmobiliaria, que era la primera vez que veía la casa y se movía por ella con más soltura que yo misma. A veces, no soporto a esa gente tan desenvuelta, cuando de la desenvoltura se salta un escalón y se pasa a ser caradura. Esta fue una de ellas. El chico guapo habló de venir a vivir con su pareja. Me dio pena pensar que del mismo modo habité yo la casa. Comencé a imaginar su posible vida aquí. No sé. Me dio por imaginar todas las vidas que se han desarrollado y se desarrollarán entre estas paredes. En la ilusión con que se habita con alguien una casa por primera vez, en los proyectos, en los planes, en los sueños. En como, luego, todo eso se trunca. En el eco de las risas, en la complicidad. También en el silencio, la tristeza y el desconocimiento.
Cuando preparaba la gran mudanza, encontré notas de otra época que no sabía que conservaba. Incluso alguna que vino de Madrid. Estaban guardadas en los sitios más insospechados, y aparecieron entonces. Notas con pros y contras de venir a vivir aquí, por ejemplo, y otro tipo de notas más personales. Hacía daño leerlas porque lo que habían escrito en ellas fue verdad absoluta, y mi credo. Después de eso, una piensa, muy seriamente, en no volver a escribir nunca más nada - a nadie - relacionado con los sentimientos. Da miedo leerlo pasado el tiempo. Es como caer al vacío de lo deleble.
Ya he hecho la mudanza. Los enseres han ido de avanzadilla. La casa, esta casa, se ha quedado casi vacía apenas lo básico para vivir. Me siento aquí en el sillón beige ( en el que apenas me he sentado o tumbado el tiempo que he vivido sola), miro alrededor y ya no reconozco este espacio como mi casa. Ni mucho menos como la casa que un día no habité solo yo. Es extraña, muy extraña la sensación. Extraña y liberadora.
De ayer a hoy he aprendido que los muebles abrigan. Hace más frío aquí que antes de ayer, por ejemplo. La casa tarda más tiempo en calentarse, eso sin que las temperaturas en el exterior hayan variado. Pienso si no será un poco el frío que, a veces, cuando repaso cómo ha transcurrido el último año y algo más de tiempo antes de ese último año, siento. Si lo hubiera sabido. Si yo lo hubiera sabido, habría decidido esto antes, pero se han dado las circunstancias ahora. En eso ya no hay marcha atrás. Lo siento enormemente.
Estoy optimista, pese a que el panorama pinta más bien gris. No diré negro, ya he dicho que estoy optimista. Estoy también impaciente, pero eso no lo noto hasta que llego a la cama. Allí sola con los tapones de goma espuma puestos (marca Moldex. Los recomiendo) escucho con claridad todo y cada uno de los pensamientos, que con frecuencia se pisan. Se quitan la palabra. Un jaleo.
Impaciente porque tengo la sensación de que es ahora, en este momento cuando tendría que hacer algo grande (bueno, grande a mi medida) que es momento de darle el giro a la vida. Si lo dejo pasar es posible que no vuelva a haber otro momento como este. Recuerdo entonces a mi jefa de Barcelona. Es la única jefa que he tenido. La mejor de entre todos los jefes que he conocido. Una mujer emprendedora, luchadora, innovadora, trabajadora, justa, creativa, con una mano izquierda envidiable, que además valoraba tu trabajo y te lo hacía saber. No como esta panda de jefes balbuceadores lloricas, que se quejan de que ha bajado la facturación, pero no hacen nada, absolutamente nada más que mal comprar artículos que les caducan (porque a ver quién tiene huevos de vender una crema de la marca "Nisu" - mal presentada - a un precio desorbitado) subir los precios de todo lo que pueden de una manera casi directamente proporcional a la bajada de la facturación y metérsela, con eso, doblada al cliente a la mínima de cambio. Para que vuelvan, sí. Lo que se dice hacer clientela. Ni una sola idea ni la humildad de escuchar las que tú puedas tener. Por mí, seguid llorando. Bueno, pues cuando me fui de allí, me dijo, entre otras muchas cosas que realmente me emocionaron, igual que lo estaba ella : "s, a ti no te gusta trabajar en esto. Es tu momento, aprovéchalo. Encauza tu vida laboral por otros derroteros. Hazlo, por favor." Entonces pensé que lo haría, pero yo ya me había enamorado de nuevo y la vida transcurrió detrás de ese alguien. No me arrepiento. Lo volvería a hacer, en ese momento. Tal vez no, ahora. Es posible que sea triste pensar que no volvería a irme detrás de nadie. Es posible. Pero con el tiempo las decisiones son más meditadas, porque preocupa pensar en repetir de nuevo historias ( en mi caso ya llevo dos muy similares - repetimos patrones - con las consiguientes idas y venidas) y tener que empezar de nuevo. Empezar de cero.
Tengo muchos sueños, que creo son alzanzables. Soy una soñadora realista (terrenal) conocedora de mis capacidades. Si me dejo ir mucho mucho, me doy un alto y me digo: " Los pies a tierra.". Ahora, cuando lo digo, el eco de la casa desnuda me devuelve mis palabras; las oigo por dos veces. Tengo que confesar que son muchas las veces en que hago trabajar al eco, porque sueño, sueño mucho, a pesar de todo.
No solo sueño. Me dan pena también muchas cosas. No me olvido ni un solo día del tiempo reciente, ni de quien ha estado. Tenía razón en todo. En toda y cada una de las cosas que me dijo. En toda y cada una de las cosas que veía desde fuera. En todo y cada uno de los consejos que me dio, y yo no tomé porque no veía más allá de lo que no veía. Me da mucha pena eso, porque la historia podía haber sido otra.
La última vez que estuve en Madrid Y. me recordó algo que le he dicho en más de una ocasión, con respecto a las relaciones de pareja. "Las historias terminan mal o no terminan" No me refiero con esto al hecho de poner fin a una relación en el plano físico; al me han dejado o he dejado, no. Y que la cosa quede ahí. Me refiero a todo lo que puede venir después de eso. A cuando en vez de pasar el duelo de lo que terminó cada una por su lado: poner distancia, dejar que pase el tiempo, y luego ya, si eso, nos retomamos de otra manera. Pues lo que te encuentras es casi en tu propio funeral. Hablo de "el enganche" a: las culpas que vierten encima tuya, a la responsabilidad sobre el devenir de la otra persona, al chantaje emocional, a los desbarres, a dar pie a que todo eso te caiga encima como una losa y pensar que es lo que mereces por haber dejado de querer a alguien. Hablo de que para terminar con todo eso, con toda esa locura oligolérdica a la que como una idiota has dado cabida en tu vida, usando como excusa el: nos hemos querido, esto no puede terminar así o no es real es el dolor, no he compartido todo este tiempo con una desconocida, vamos a ser civilizados, y un largo etcétera. Se hace estrictamente necesario que, por desgracia, el funeral no sea solo tuyo, aunque vayan a cargo de la misma persona los dos desamorcidios.
Disfruto de mis últimos días aquí, ahora que por fin ya está casi todo resuelto. Hago cosas que no había hecho antes, como salir todas las mañanas a caminar por el Paseo Fluvial. Es bonito. El río, los tres puentes, el sol de cara a la ida, respirar hondo. Sentirse viva. La tranquilidad. Sobre todo la tranquilidad de ir ligera de equipaje.
Dice G. que no me tengo que culpar por las cosas. También dice que somos buenas personas. Cuando le escucho decir esto último pienso que él sí lo es, de las mejores que he conocido. Hablamos de la gente a la que sin querer hemos hecho daño. Mientras me insta a probar la morcilla mondonga (sobre la que me instruye, pero me niego) que nos han puesto de aperitivo, y nos preparamos para meternos entre pecho y espalda media Torta de la Serena, una ración de jamón de cerdos criados en la Dehesa Extremeña (que es maravillosa; la Dehesa y la ración), y un revuelto de criadillas de campo. No culpables, no, pero sí responsables de no haber hecho las cosas bien.
Hablamos de las grandes cagadas de la humanidad que son las nuestras; las de los últimos tiempos. Hablamos de qué distintos saben los huevos que me dio el otro día; los trajo de su pueblo. Hablamos de una expresión de su pueblo "comer de sequillo". Le cuento cómo entendí cuando vine al Oeste por qué mi padre decía, en Madrid, que los tomates no sabían a tomate. Hablamos de: el Museo Vostell, Bdsm, erotismo, porno, los sueños que tenemos, su plaza en la Seguridad Social, de hablar solos y si todos los que viven solos lo hacen como nosotros o más o menos, de con cuánto se puede vivir en esta ciudad, lo mal pagado que están los Ats, mi mudanza, disfraces, libros, dónde ir a bailar hoy que no hay nadie, los tuareg, planes de pensiones, amantes, la timidez, su foto de comunión que me enseñó hoy, como terminar de decorar su casa y si el mueble que vimos el otro día quedaría bien, del amor, del desamor, amigos comunes, de que venga a verme con frecuencia, del ambiente y lo atractivo que le ha parecido el presidente de mi comunidad, de viajar, de "El Principio de mediocridad", las elecciones y lo que dejamos de vivir por ellas, de la posibilidad de tener un álter ego que viviera eso otro que al elegir descartamos, de todas las vidas posibles, de que está contento con la suya. Hablamos sobre alguien que se acaba de acercar para decirle que le quiere hacer un retrato, pero "que se vea piel". Le cuento una anécdota sobre el "papo seco" que es un tipo de pan que hay por aquí. Le cuento cómo entró un día una niña de unos 7 años en la cueva y me pidió un papo seco. La cara que se me quedó que no era menos desencajada o de apuro que la de la niña, hasta que me vino a la cabeza que era un pan, y la envié a la panadería.
Hablamos de que si nos envían a la mismísima mierda y no quieren volver a saber nada en su vida de nosotros tienen razón. No es que seamos culpables de eso si no responsables con lo hecho u omitido de que así sea. Hablamos de ese tipo de bloqueo de no poder. No ser capaz, como si tuvieras las compuertas de una presa cerradas en la garganta, a la altura del cuello justo por debajo del hioides, y todo eso bullendo dentro y que parezca que no bulle nada. (Asombroso). No porque nadie quiera aparentar que no bulle, si no porque hay un montón de sentimientos que no se es capaz de verbalizar al menos no como son. Al menos no como se sienten. Al menos de ninguna manera. Ahí se quedan. Hablamos de todas mis miserias que son muchas últimamente. Hablamos de la falta de una educación sentimental, de clases de gestión de los afectos y desafectos como materia obligatoria. Pienso en lo sencillo que es hablar con él de todo, sobre todo. Sin que él juzgue. Claro, que no somos objetivos y nos lo perdonamos todo. Aunque yo le insista en que hay cosas que no son perdonables por otros. Todas esas cosas que él también sabe. Entonces él se queda pensando, me mira a los ojos con una mirada que sale de lo más profundo ( o de las cañas o el vino) y me dice "no te culpes", a pesar de todo. No es objetivo en ese momento, tampoco lo será mañana. Hablamos de muchas muchísimas cosas más de: la frustración, la incapacidad, la pena, el vacío, esa sensación de no saber querer, de mi predominante gen masculino (del que me ha hablado más de una novia) que me hace salir corriendo cuando hay problemas, de empezar de cero otra vez, de no arrepentirse de lo vivido pese a todo. Le voy a echar mucho de menos. A mí no es que no se me vaya a olvidar esta ciudad es que no se me va a olvidar él. Le digo que le quiero mucho ( pienso que hace tiempo que no se lo decía) . Le digo todo lo que le voy a echar de menos. Él no es capaz de imaginarlo, como no es capaz de imaginarlo por no abarcable, de tanto que va a ser, nadie. Entonces me abraza fuerte, y mis ojos se llenan de lágrimas porque aunque nos tocamos mucho siempre cuando estamos, su abrazo me inunda de ternura. Podría empezar a llorar y no parar nunca, pero él afloja el abrazo me mira a los ojos, lleva sus manos a mi cara y me enjuga las lágrimas con sus dedos tiernos al tiempo que dice algo que me hace reír. Y seguimos hablando...
Ultimamente pienso mucho (como estoy ociosa, pues claro... pero solo laboralmente ¿eh?, que soy un hacha empaquetando una casa) en cuántas relaciones iniciaríamos si nos conociéramos primero en el desamor. No en el desamor con terceros. No en el desamor con quien estuvo antes de ti o de mí, aunque eso también aporta una información que no tiene desperdicio. Como las lesbianas somos las únicas dentro de la especie humana que nos podemos tirar horas y horas hablando con la pareja actual de la pareja anterior (somos como el eslabón perdido en ese sentido. Sobra información, casi siempre) pues hay que aprovechar, y no perder detalle de lo que nos cuentan de relaciones anteriores porque, por desgracia, a estas alturas de la película, cambiar lo que se dice cambiar, no cambiamos. No me gusta que me hablen mal del pasado o de las pasadas, con mucho rencor o con odio o con desprecio o con falta de respeto, pero ni amigos ni posibles conquistas. Me saltan un poco las alarmas porque tendemos a repetir pautas de comportamiento. Si tú, un día, hablas con desdén, incluso con asco de alguien que fue en algún momento importante en tu vida seguramente lo hagas también de mí (entonces no superaremos el desamor y no podremos enamorarnos. Fin de la historia). Hablo del desamor entre el proyecto par que seríamos tú y yo, después, en el caso de superar esa etapa. Luego ya, si eso, si tenemos un desamor bonito y conseguimos superarlo y tal, pues ya nos enamoramos conscientemente. Lo pienso, y con sinceridad pocas, muy pocas relaciones hubiera comenzado en mi caso. Tan pocas como, ¿una? o tal vez ¿dos? Bueno, también puedes vivir, para empezar, un desamor esquizoide. Partir peras de nuevo porque ni de coña te vas a enamorar. No verte una temporadita (tanta como un año. El duelo, ya se sabe) que el tiempo todo lo cura, y recuperar la amistad. Si nos saltamos lo de esquizoide, por la recuperación de la amistad posterior-anterior (aquí me hago un lío) aumentaría el número de relaciones que volvería a empezar, pero no serían todas las que he tenido ni de lejos. Pero sería muy clarificador este mundo al revés, con respecto a quién y cómo es realmente, la persona con quien queremos estar, de la que nos hemos desenamorado para luego enamorarnos o no. No me vale que me digan que el dolor nos puede cegar que: la pérdida, la tristeza, la frustración, las expectativas o los sueños rotos, en definitiva lo que no será, nos puede llevar a decir o hacer algo que jamás hubiéramos pensado que diríamos o haríamos. No. No me vale. Y no nos valdría a ninguna en ese mundo del corazón del revés.
Y nada que tengo ganas de empezar de nuevo, eso que a estas alturas debo ser la única que confíe en mí.
¡Ahm!, y que cuando vuelva a Madrid de allí no me menea ni un desamor desenfrenado. ¡Digo!
La anterior vez que compré pastillas para el lavavajillas pensé que esas iban a ser las últimas que compraría para hacerlas servir allí. Que antes de que se acabaran iba a estar de vuelta. Es ese tipo de pensamiento que una tiene con frecuencia, al que dota de una profundidad abisal relacionándolo con algo tan serio como esto. Que tu vida depende de unas pastillas, vamos . El caso es que eso pensaba, cada vez que abría el armario de debajo de la pila de la cocina, metía la mano en la caja y sacaba una, para a continuación ponerla en el cajetín del lavavajillas donde terminaría su corta, pero útil vida. Dos días antes pensándolo mucho (porque tenía la intuición de que esto no iba a ser como lo de los Mayas, las pastillas de lavavajillas nunca fallan) compré en Esperanza una nueva caja, cuando llegué a casa al sustituir la caja antigua por la nueva observé que el último vistazo rápido me había engañado y que aún quedaban tres. ¡Tres! ¡Trees! ¡Treees! Pensé que me había precipitado en la compra, con qué facilidad me había olvidado del presentimiento profético. ¡Cómo podía haber sido! Tenía que haber esperado. Haber esperado. Dos días después se cumplió la profecía. Once días después de esos dos últimos, juro que nunca nunca volveré a perder la fe en las pastillas del lavavajillas y las cosas que me cuentan aunque todavía quedan dos.
Por lo demás, he borrado todas las alarmas del móvil. Especialmente gratificante ver desaparecer en el limbo de las cosas que se borran la denominada "Martirio mañanero" de los sábados y el "Supermartiiirio mañanero" de los domingos. Muy a mi pesar continúo no durmiendo bien, despertándome antes de lo que quisiera por alguna pesadilla e intranquila. Sueño mucho. Recurrente en este último tiempo el no haber terminado la carrera. (Algo querrá decir, ya se lo preguntaré a las pastillas) Después de cuatro años he podido disfrutar de un Día de Reyes sin trabajar, roscón incluido. Me he vuelto (por las circunstancias) fumadora de exteriores o al aire libre. ¡Supersana! Ma-to por fumarme un cigarro en el interior de cualquier sitio, a poder ser repanchingada en cualquier sillón, sofá, mecedora o sentada menos comodamente en una butaca, silla, taburete, o tirada en el suelo, o haciendo el pino puente, o a la pata coja sin pasar frío ¡Dónde sea!
Y menos que más eso es todo.
Flota 9 en 1.
- Hombre, si está aquí la alegría de la huerta - solía decir cuando me divisaba en la rebotica, con una sonrisa que no le cabía en la cara y toda la sorna del mundo. Y a mí eso me gustaba. Me hacía sonreír siempre porque no le faltaba razón y con ninguna otra frase se hubiera podido expresar mejor mi estado de ánimo, a veces. Vamos, que ahí le daba.
Se ha ido tanta gente con la que por el trabajo he tratado a diario. Gente que pasó de ser cliente a ser amigo. Haberlos conocido es lo único que me ha gustado del trabajo, por desgracia el llegar a conocer a muchos de ellos ha sido debido a que su salud no era buena. Hoy me acuerdo de cada uno de ellos, pero sobre todo no se me va de la cabeza la figura de Manolo, su pelo cano, su piel curtida, su risa, el brillo en sus ojos cuando hablaba del campo, las conversaciones durante horas los domingos, ese día en que ésta es una ciudad fantasma. Él pasaba a verme después de comprar el periódico a primera hora de la mañana y me contaba por enésima vez las historias de la época en que vivió en Madrid, que yo ya me sabía de memoria. Hablábamos de casas de comida y de bocatas de calamares, entre otras cosas. También de guarrinos, caballos, tractores, charcas, árboles, pájaros y de la tierra las mañanas en que él después se iba al campo.
Diez minutos antes de que pasaran a decírmelo, alguien había decidido por mí lo que viene siendo mi vida o lo que será, y aunque esperado descoloca. En realidad, el día ya estaba siendo una mierda tremenda antes de eso y de lo otro. Por el cansancio, pero sobre todo porque una piensa a diario que no está dónde debe ni quiere, que no es esa la forma en que pasar los días. Una se pregunta en qué punto de la vida se perdieron las ilusiones, en qué momento se dejo de soñar, cuándo una se acomodó, se volvió una conformista y olvidó todo lo que le gustaba, cuándo se sucumbe a la rutina y se deja de creer en todas las posibilidades que somos. Hace relativamente poco alguien me preguntaba, qué me gustaría hacer, qué te gusta (era más bien un permítete soñar, venga) en realidad no lo sabía, en realidad hay tantas cosas que he olvidado. No supe qué contestar, y enmudecieron al otro lado. Eso me dejó pensando.
Ahora pienso en todo lo que tengo que hacer. Al pensarlo me agobio, pero también pienso que quiero hacer otras cosas, recuperar esa parte de mí que también era yo y que el copyright de la frase que me hacía sonreír y pensar, pensar mucho, va a ser de él.
(Confieso que tengo una relación
rara con el alcohol, cuando no estoy bien.)
He conseguido levantarme de la
cama, no hubiera salido de allí en todo el día. He dormido y no he dormido. Muchos
minutos pensando que ojala me durmiera, y parara todo, que no fuera consciente
de las cosas que me duelen. Ni de ti. Ni de la necesidad de que me quieran y no dejarme
querer. Ni de la soledad. Esa soledad tumbada encima de mí, aplastándome.
Estaba allí tumbada, debajo de la soledad, en la soledad absoluta. Los
pensamientos, con los tapones de goma espuma puestos, estaban siendo demasiado
ruidosos. Un ruido amplificado que no
soporto. La goma espuma ni espuma ni amortigua nada.
He pasado veinticuatro horas fuera de casa, de
bar en bar. Así ha sido. He echado de menos que alguien me dijera vamos a casa,
yo te cuido o vete a casa s. porque esto te sobrará mañana. Realmente no me dejo cuidar, no me dejo nada.
He llorado en horizontal,
buscando la postura imposible que me llevara a la amnesia, porque quiero ser muchas cosas que no soy. Alguien
con dignidad por ejemplo o con una dignidad como la tuya. Alguien distinto, capaz de coger la vida, la mía, y hacer por fin algo con ella. Alguien que no huye.
Al padre de R, le han detectado
un tumor. Me llega un mensaje de ella a una hora en que yo debería estar ya en casa, pero aún estoy bebiéndome la no vida. Luego me da vergüenza
llamarla porque soy consciente de golpe del estado en qué me encuentro, pero no puedo evitar descolgar el teléfono
cuando llego a casa, y es mi madre, que me envía a dormir preocupada. Ahora me da vergüenza también hablar con ella.
Igual que me pasa contigo.
He tenido la sensación de no
tener garganta, de que está el cuello vacío por dentro. He tenido que carraspear, varias veces, para comprobar que no ha venido nadie y ha cortado desde la base del cráneo
hasta por encima de los hombros y ha dejado la nada, ahí en medio, una cabeza arriba que no para, y La matanza de Texas sobre el colchón, todo tan desgarrador. Me he llevado las manos al cuello para confirmarlo. He pronunciado dos o tres palabras absurdas, inconexas, para oír mi voz.
La tengo pero no parece la mía, es como si hablara otra.
Tengo miedo. Mucho. Y esa sensación de desprotección, de desamparo. Ansiedad también. Vacío.
Pienso que no pasa nada por pasar
de nuevo Noche Buena y Navidad, aquí sola, de verdad que lo pienso, pero en el
fondo (muy en el fondo). No pasará nada como el año pasado, pero mientras me entristece pensarme aquí sola. Pasará, lo sé. Tampoco me puedo quejar porque en mis manos ha estado que esto vuelva a
ser así.
Pienso en mi padre, la
conversación del sábado por la noche con R. me hizo acordarme mucho de él.
Pienso en cómo se hubiera plantado aquí y me hubiera llevado. Me hubiera dicho
que lo primero es estar bien. Me hubiera dicho deja esa
vida y vuelve. Me hubiera dicho mándalo todo
a la mierda y vente, yo te cuido. Se valiente, todo va a ir bien. Me
hubiera dicho todo eso sin decir nada. Se hubiera plantado aquí con una empresa
de mudanzas. Hubiera hecho las cosas sencillas, y resuelto, sobre todo
resuelto, algo que yo no sé hacer. Más bien todo lo contrario, el talento
innato de complicar incluso lo más sencillo. Pienso en la última vez que le
abracé, y la última vez que he sido abrazada. Tengo ganas de llorar de nuevo.